Candela y Soledad
JLBelloq
−Hermana…
−Yo no tengo hermana.
−¿Quién te habla, entonces?
−Nadie… Es un demonio que habita en esta casa
y que me martiriza… Uno al que he de aniquilar
aunque me lleve la vida entera.
En la tradición de los pueblos españoles rara vez se conserva el relato feliz, por alguna de esas razones que moldearon la forma de ser de un país habitado por la tragedia y bautizado con el don de la ironía. Quizás por eso abunda más la historia con final gris cubierta de una pátina de fatalismo no exento de humor.
En una de esas aldeas olvidadas al otro lado de montes pedregosos y bosques de encina, Candela y su hermana Soledad, hijas del barbero y la costurera, vivían su juventud al modo en que lo hacen las mujeres de su edad, de esa época y de esos lugares: como mozas casaderas, ilusionadas con el amor recién descubierto o simplemente atisbado; tan inexpertas y recelosas como inquietas por esos nuevos deseos atravesados de nuevas emociones.
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