4º relato _Concurso «Tichología ludopática 2026»

Charginov-Vasilenko
Daniel Darío Hinchado, alias Vasily


El cometa, que carecía de coma, era lobulado, binario. Dos masas llenas de aristas, rocas, grietas y accidentes geográficos, unidas por una argolla central que las mantenía como dos guisantes. Tenía siete kilómetros de ancho. Era la imagen más bella, en su gris austeridad, que había contemplado en mis misiones. Era un universo: un compendio de todos los accidentes orográficos que puede haber, condensados en unos cuantos kilómetros y vagando por la oscuridad del espacio.

Durante la escolta al cometa que se me había encargado, vagamos juntos en una órbita de marea milimétricamente calculada, en la que acoplé mi nave gracias a los instrumentos de navegación.

La visión empezó a cautivarme con el paso de los días. El alto contraste de grises y negros en el espacio se vuelve terriblemente adictivo al contemplar cómo hasta las más mínimas imperfecciones de un objeto en su superficie arrojan una sombra rica en matices. Durante meses, mi actividad cartográfica solo se veía interrumpida por la bebida y la comida, mientras admiraba, incluso en mis ratos de asueto, la tremenda belleza de aquel objeto interestelar.

Pero el origen del terrible magnetismo obsesivo de 51/CV Charginov-Vasilenko era su naturaleza interestelar: su trayectoria era hiperbólica y extremadamente excéntrica. Es decir, venía de las lejanas profundidades del espacio, conservando en su interior algo anterior a la formación del sistema solar e incluso de la Vía Láctea. Pasaría a siete unidades astronómicas del Sol en su perihelio, a cincuenta y ocho kilómetros por segundo. Había pasado por Vega, como otros tantos.

Así pues, una enfermedad mental se apoderó de mí, además de la enfermedad física que en su día me otorgó el pasaporte a aquella misión sin retorno. La obsesión, nutrida por el enigma hecho corpóreo, provenía de un lugar por donde jamás un objeto observado había pasado tan cerca, relativamente hablando. Lo que traía aquella masa desde el espacio de otros tiempos nunca se había visitado.

La cartografía y la captura de datos del cometa estaban prácticamente automatizadas por mi nave orbital, pero en secreto me postulé para poner mis pies en aquel lugar venido de los confines del universo.

Así pues, sin otro horizonte que la trascendencia, me encontré en la escotilla con el inmenso y voluminoso traje para adentrarme en lo desconocido.

La misión era simple: aterrizar, recoger las muestras y volver antes de que la energía del traje, que se nutría de la energía solar, agotase su batería.

La computadora, asistida por Rosetta, la Inteligencia Artificial, realizó todos los cálculos de trayectoria, ofreciéndome el mejor momento orbital y la zona donde debía aterrizar. La nave se mantenía en una órbita de rotación sincrónica, lo más cerca posible de aquel cuerpo espacial, para que tan solo tuviera que hacer un par de quemas de propulsión y, en unas decenas de metros, cayera suavemente sobre Charginov-Vasilenko. A Rosetta no le gustaba la idea.

Todo se había confabulado para aquellos interminables cuarenta y seis segundos en los que me suspendí en la infinita negrura hasta que aquel irregular universo gris, lleno de matices, llegó a mis pies.

Sin embargo, el arpón de seguridad del traje no se disparó y salí rebotado de la superficie, rodando a una velocidad de treinta y ocho centímetros por segundo. Rosetta interpretó que yo ya estaba posado sobre la superficie y me enviaba instrucciones. Pero yo, en ese momento, flotaba sobre el espacio, a veinte metros de distancia de la superficie, en el frío infinito.

Durante mis aterradores giros en el vasto vacío volví hacia la superficie del Charginov, rebotando tres veces más, sin control aunque suavemente, hasta que finalmente caí sobre una oquedad sombría y negra llamada región Hadal-4, en uno de los valles más escarpados cerca de la corona que unía los dos lóbulos.

El traje en el que me encontraba, profusamente absorbido en su aparatosidad, era, como se dispone de los trajes para tales propósitos, de un volumen grotesco. Allí, permanecí encasquillado entre una formación rugosa, no tan firme como una roca, formada de regolito: material estelar no consolidado, pero suficientemente aglutinado para no dejarme escapar.

Permanecí informando a Rosetta de mi situación mecánica durante unos minutos. Oblicuo, sobre mi brazo derecho bajo el traje, inutilizado. Solo podía utilizar el izquierdo.

Lo que a Rosetta más le costó entender fue mi infinita preparación y flexibilidad mental para aceptar mi nueva situación. No dejó de mandarme instrucciones y diversas opciones para intentar arreglar mi tesitura, a su entender terrible y espantosa. Pero yo ya estaba preparado para ello.

Lo que más le preocupaba era que el consumo de energía del traje era descomunal y que, en la negra región donde me encontraba, este dejaría de ser funcional en sesenta minutos al no recibir luz solar.

Era mi destino.

Haciendo uso de mi brazo liberado, desenvainé el dron de recogida de muestras automatizado, DRA, activándolo a duras penas. Este se posicionó con total precisión, perforó la superficie de regolito y se elevó, directo y guiado, hacia la nave orbital, que lo recogió sin ningún tipo de fallo y lo depositó en su cámara estanca.

La despedida fue lo que más le costó a Rosetta. Tras varios intentos, tuve que hacer uso de los códigos de seguridad de niveles superiores para poder ordenar que abandonara la órbita sincrónica y pusiera rumbo a la Tierra.

Allí, tumbado, observé mi premio y mi recompensa: el rico paisaje, infinitesimalmente nutrido de estructuras minerales que formaban valles y barrancos, dotando al conjunto de un abanico de sombras negras y salientes blanquecinos donde toda una corte de grises neutrales y fríos, quintaesencia de la quietud pétrea, se extendía en el espacio negro, solo interrumpida en su pequeño horizonte local por la luz que llegaba desde varias unidades astronómicas de distancia.

En su partida, mientras duraba la batería de mi traje, Rosetta me mandaba mensajes. Ella no entendía el cáncer terminal, aunque sabía que el viaje era letal por naturaleza, pues aún no se ha resuelto el problema de la radiación cósmica en viajes interestelares.

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