ESTEBAN
JL Belloq
Hacía casi un año que el padre Esteban había sido designado ayudante del padre Mauricio. El joven sacerdote se había encontrado a un hombre decrépito, un viejo de ochenta años o más con apariencia de noventa y muchos; también, un tullido con tal cantidad de faltas que se lo podía calificar de piltrafa humana; un hombre más próximo a la muerte que a la vida.
Se manejaba con un solo brazo, pues el otro le caía, inerte y rígido, a un costado, y se desplazaba con ayuda de una muleta, con la que suplía con mucho esfuerzo la carencia del pie derecho. Una prominencia en su espalda encorvada le hacía parecer jorobado; tenía la piel plagada de manchas, como los fumadores empedernidos, y las arrugas eran tan profundas que apenas dejaban reconocer ya sus facciones.
No obstante su calamitoso estado, el padre Mauricio seguía en activo. Era una leyenda en el mundo eclesiástico, un hombre único que al sacerdote novel impresionaba por sus logros tanto como inquietaba por su aspecto y maneras. El padre Esteban se esforzaba en ignorar el malestar que le provocaba la visión de su superior. Era un pecado del que se arrepentía de inmediato, pero que no podía evitar cometer cada mañana, cuando lo ayudaba a levantarse de la cama y lo acompañaba en su aseo. El anciano, pensaba entonces, sufría un cuerpo demasiado deteriorado para su edad.
Para hacer más llevaderas sus labores, hablaba con el viejo. Solo sabía que había sido preparado en su juventud como exorcista, bajo las órdenes directas del Sumo Pontífice. Y que, en el desempeño de tan horrible tarea, se había ganado el apodo de “Azote del Mal” entre la alta jerarquía de la Iglesia, únicos conocedores de sus actividades. En ese asunto era un maestro, que ahora contaba con un discípulo ávido de información sobre su oficio y también sobre su vida personal.
—A un fiel no se le exorciza —le decía—, se exorciza al demonio que habita dentro de su cuerpo o al que se apodera de su mente.
El mayor pesar del joven sacerdote era la ignorancia, el desconocimiento que le impedía actuar en los exorcismos y lo ataba al papel de mero espectador en una obra cuyo escenario conocía pero cuyo guión todavía no entendía. Sin embargo, su interés por aprender era genuino, pues lo consideraba su responsabilidad.
—¿Por qué el Enemigo se empeña en poseer hombres y mujeres si sabe que podemos expulsar a sus servidores y escamotearle las almas por las que se toma tanto esfuerzo?
—A Él le da lo mismo, ese no es su objetivo. Lo que quiere es enfrentarse a nosotros, porque cree firmemente que todas las almas no son iguales, que la de un hombre de la Iglesia vale por las de un millón de laicos.
El Viernes de Dolores, el padre Mauricio empeoró. El eccema que le cubría la cabeza y que había ganado terreno por toda su cara desde hacía unos meses, le supuraba y había enrojecido como si la sangre intentara escapar a través de esa piel ajada y casi deshecha; el brazo inútil había perdido su rigidez, pero ahora parecía un apéndice muerto; llevaba la espalda casi horizontal, de tan encorvado; y se había levantado con una mueca extraña que le mantenía un ojo cerrado y una boca desigual, como los afectados por ictus.
Sin embargo, esa noche había un trabajo que hacer. El último, pensaba el padre Esteban, convencido de que su maestro había sobrepasado el límite físico hacía mucho tiempo, de que se mantenía en pie solo con la fuerza mística de la fe.
En un barrio infestado de chabolas, cercano al puerto, un creyente fiel esperaba ayuda para recuperar su espíritu limpio, alguien a quien su párroco incluso había negado la confesión. El padre Mauricio, Azote del Mal y Portador de Prodigios, recorrió a pie las calles embarradas, a pesar de su estado, resuelto, como siempre, a cumplir con su siniestro deber. Su asistente, cargado con el maletín de los instrumentos, aprovechaba los momentos de lucidez del viejo para continuar su particular formación:
—El pecado, hijo, esa es la clave. El Maligno sabe esperar, tiene el don de la paciencia, y hace mucho tiempo que descubrió algo que ahora está usando contra nosotros.
—No tiene nada contra nosotros. Nosotros tenemos a Dios de nuestro lado… ¿o no? ¿qué ha querido decir, padre?
Entraron en una suerte de choza construida con restos de chapa y cartón; una tela clavada en el dintel ejercía de puerta. En el interior, el tufo a pobreza se manifestaba en el ambiente como una mezcla de sudor, orina y comida podrida; en un rincón, una mujer extraordinariamente flaca acompañaba a un hombre que yacía, semidesnudo, sobre una colchoneta roñosa, debatiéndose entre murmullos agónicos. En el rincón opuesto, un cubo tapado con un trapo hedía a excrementos.
Dios los había enviado a ese antro ignorado por la Humanidad, y el padre Esteban volvió a sentir que lo invadían al mismo tiempo la inseguridad por su ignorancia y el escepticismo del no creyente. Participó en su tercer exorcismo como asistente del viejo sacerdote consumido, de ese cura admirado que se arrastró como un inválido hasta otro hombre que, en comparación, ahora parecía casi saludable, para luchar una vez más. Era una batalla desigual en la que el demonio devolvía golpe por golpe y arruinaba más todavía la precaria salud de su oponente al tiempo que dañaba el cuerpo de su víctima.
Cuando el viejo sacerdote abandonó la lucha, el primer asalto era un fracaso inapelable. Incapaz de leer el ritual romano, intentó recitarlo de memoria, aunque los presentes solo escucharon balbuceos murmurados con dolor desde una garganta invadida de pústulas. Su mano temblorosa dejó caer el frasco del agua bendita, que se derramó.
El padre Esteban sostuvo a su maestro con una mano mientras con la otra enarbolaba el crucifijo a modo de escudo entre ellos y el poseído. Este dormitaba ahora, el cuerpo exhausto y la mente dislocada. Entonces, el viejo sacerdote volvió a hablar con su aprendiz con una mirada apagada que, aun en tales circunstancias, no podía ocultar una tristeza profunda y un atisbo de miedo insuperable.
—Esteban, escúchame bien, porque esta es la última lección. Has de saber que los pecados no se perdonan por completo, que la confesión no deja el alma impoluta, que siempre queda un sedimento adherido que no se puede retirar…
—Pero… ¿qué está usted diciendo? Eso es… eso no es… eso suena a herejía, padre…
—¡Escucha y calla! Satanás descubrió eso antes que nosotros y lo usa bien. Al expulsar a un demonio, el exorcista recibe a cambio el poso que ese ser ha ido acumulando de todos los poseídos a los que no se llegó a salvar… un regalo repugnante, dañino, como alquitrán putrefacto, que se pega al alma y la ennegrece y la envenena; el extracto concentrado de cientos, miles, millones de pecados cometidos a lo largo de siglos por una miríada de hombres y mujeres de todo signo…
—Pero… eso quiere decir que…
—Sí, hijo… el alma de un exorcista está corrompida como la del peor de los pecadores… y su cuerpo lo paga, invadido por el cáncer, la lepra y la gangrena… Soy un reflejo siniestro de mis propias victorias… que Satanás ha sabido convertir en derrota. Puedo escuchar su risa, cada vez más alta y más clara… Se relame de gusto porque sabe que me tiene en sus manos, que ya no sobreviviré a esta noche, y en la muerte quedaré inerme y me llevará consigo… Mi alma está tan podrida que ahora mismo soy indistinguible de uno de sus demonios más abyectos…
—¡No, eso no es como usted dice, padre! Si este es ese momento, haga confesión conmigo y el Maligno no tendrá nada que llevarse, solo frustración…
El padre Mauricio reunió las últimas briznas de energía para gritar:
—¡No escuchas, Esteban! Yo ya estoy perdido, con confesión o sin ella… Ocúpate de este pobre desgraciado y empieza así tu ministerio, que espero tan fructífero como el mío…
La desesperación hizo presa del joven, aturdido por la precipitación de un desenlace que ya había presentido esa noche pero cuyas consecuencias acababan de ser reveladas. Sin embargo, un rayo de luz alumbró su mente y la comprensión se abrió paso, lenta pero inexorable. Recordó una extraña conversación con el Sumo Pontífice en persona, justo antes de su ordenación. Fue una confidencia que entonces no había entendido:
—Recuerda esto, joven diácono: Satanás conoce tretas con las que vencer a nuestros mejores varones… pero nosotros sabemos cómo escamotearle el premio y frustrar sus planes. Sirve al padre Mauricio con dedicación, aprende de nuestro mejor maestro… y, ante todo, no lo abandones bajo ninguna circunstancia, no te separes de él cuando desfallezca y cumple con tu deber como cristiano y como discípulo del más meritorio de nuestros héroes.
El padre Esteban se rehízo. Su juventud contrastaba en extremo con la decrepitud del anciano, con ese desecho humano cuyos órganos habían enfermado muchos años atrás; cuyos tejidos habían degenerado en masas purulentas, en abscesos afectados por la descomposición en vida de su anfitrión, el remedo de hombre con el don para la lucha contra el Mal que se iba a perder en unos minutos.
Con la conciencia tranquila y la determinación de un hombre de fe, se colocó la estola y abrió el ritual romano por donde correspondía. Recogió el crucifijo de entre los dedos crispados, deformados como garras, del padre Mauricio. Rescató el frasco de agua bendita medio vacío y, enarbolando ambos objetos a modo de espada y escudo, se dispuso a pelear por primera vez contra un demonio. A expulsar al ser que habitaba ahora el cuerpo de su maestro, y a tragarse en el proceso una cantidad ingente de pecados, una carga insoportable, venenosa, dolorosa, cruel; de esos restos de maldad concentrada que le había referido el cura exorcista… Todos los que había atesorado el demonio desterrado, sumados a todos los que había recibido en un sinfín de batallas espirituales ganadas a los sirvientes del Enemigo. Todos ellos adheridos a su alma ennegrecida como el tabaco a un pulmón.
Unas horas más tarde, un hombre exhausto, vestido de sotana, con un maletín en la mano, arrastraba los pies por el barro, alejándose del barrio de chabolas. Con la mirada perdida, un acceso de tos lo devolvió a la realidad. El rostro del joven sacerdote era ahora la tez reseca y manchada de un cuarentón enfermo de sífilis, invadido por la viruela. El rostro del nuevo soldado a las órdenes de la Santa Madre Iglesia.
