LA ENTIDAD
Chelo Martínez
La noche, sigilosa, avanzaba. Las ventanas del convento eran golpeadas una y otra vez por el viento cargado de humedad. La capilla estaba en penumbra con el incierto parpadeo de las velas.
El Padre Millán sostenía el crucifijo y el misal, con manos temblorosas, en el centro del altar frente a Sor Jacinta que yacía con el cuerpo rígido y la mirada encendida por una malevolencia ajena. El sudor de su piel delataba el conflicto que se libraba en su interior y de su garganta brotaban sonidos guturales y agudas carcajadas.
Las monjas, arrodilladas en las escalinatas del altar, susurraban con miedo sus rezos.
“Crux sacra six mihi lux”…comenzó con voz firme el sacerdote. El demonio, que habitaba el cuerpo de la monja, se retorció mientras emitía sonidos inarticulados. La cruz vibró, la luz de las velas titiló. De la garganta de Sor Jacinta salieron palabras pero no era su voz: “!Este lugar es mío, me pertenece!”.
El padre Millán retrocedió pero no cesó en su oración. Alzó el crucifijo y repitió el rezo exorcista.
La monja se arqueó con sus ojos en blanco y una nube densa cubrió su cuerpo. El sacerdote levantó la voz en un grito final: “!En el nombre de Dios, abandona a esta alma!”
Un estruendo sacudió la capilla, Sor Jacinta se desplomó y se hizo el silencio. La monja abrió los ojos y con voz débil susurró…”Padre, ¿se ha ido?”. El sacerdote asintió. Mientras la ayudaba a levantarse la mano de Sor Jacinta lo agarró del brazo con una fuerza sobrenatural mientras lo miraba con una sonrisa maliciosa.
“!No me he ido. Me he acomodado en otro hogar…!”
Un escalofrío recorrió el cuerpo del Padre Millán. Su sombra, a través de la última vela encendida, se proyectaba en la pared…pero esa sombra ya no se movía como él.
