Candela y Soledad
JLBelloq
−Hermana…
−Yo no tengo hermana.
−¿Quién te habla, entonces?
−Nadie… Es un demonio que habita en esta casa
y que me martiriza… Uno al que he de aniquilar
aunque me lleve la vida entera.
En la tradición de los pueblos españoles rara vez se conserva el relato feliz, por alguna de esas razones que moldearon la forma de ser de un país habitado por la tragedia y bautizado con el don de la ironía. Quizás por eso abunda más la historia con final gris cubierta de una pátina de fatalismo no exento de humor.
En una de esas aldeas olvidadas al otro lado de montes pedregosos y bosques de encina, Candela y su hermana Soledad, hijas del barbero y la costurera, vivían su juventud al modo en que lo hacen las mujeres de su edad, de esa época y de esos lugares: como mozas casaderas, ilusionadas con el amor recién descubierto o simplemente atisbado; tan inexpertas y recelosas como inquietas por esos nuevos deseos atravesados de nuevas emociones.
Candela, la mayor, había casado con el secretario del ayuntamiento, hombre que decían demasiado mayor para moza tan alborotada. No fue un caso de enamoramiento, sino de conveniencia. La pareja lucía bien en las calles, en las verbenas y en misa; pero su intimidad estaba aquejada de frío; la casa se convirtió en poco tiempo en un lugar sombrío, silencioso, donde el reloj de la pared susurraba los minutos y las horas a un hombre indiferente y a una mujer que ansiaba empujar las manecillas con su dedo, si eso hubiera hecho que el tiempo transcurriera más deprisa.
Soledad entabló amistad con un joven de otro pueblo, aprendiz de carpintero, que la encandiló como lo habría hecho cualquier otro con el don de la palabra y una sonrisa franca. Lo quiso, o eso creía ella, primeriza en los escarceos amorosos. Se veían a escondidas de los padres de la muchacha, que todavía no tenían conocimiento y no habían aprobado la relación. Y por eso hubo de ser Candela la que procurara los lugares y momentos de encuentro de la pareja; y por eso la mayor conoció al joven forastero, y, ligera de corazón como era, se enamoró al poco; y, envidiosa como era, se las arregló para encandilarlo y lo convirtió en amante, y a su hermana en cornuda.
No conocía los remordimientos. El deseo no satisfecho la perdía. Era caprichosa, tanto como apasionada. Enloqueció con sus artes amatorias al inocente galán y, en su codicia de amor, le pidió que dejara a su novia, su propia hermana, y la salvara a ella del entierro en vida de su matrimonio. Pero, como él fuera tibio en su reacción, ella lo despreció y lo ultrajó con insultos sobre su hombría. Acudió enfurecida a su marido, le envenenó la mente con mentiras, le hizo creer que un hombre más joven la pretendía en su propia casa, y le puso un arma en las manos.
Candela había enloquecido, y el fruto de su locura fue la muerte de ambos hombres, uno agonizando en la orilla del río, con el cráneo hendido por una piedra; el otro, ahogado, pues no sabía nadar, empujado al agua por su rival en un último esfuerzo.
La tragedia trascendió el pueblo y encendió los corrillos de cotillas en las plazas y de parroquianos en las tabernas de toda la comarca durante años. En la casa de Candela y Soledad, la tristeza y el odio cristalizaron en ambas en un deseo profundo de mal, de que la desgracia, la enfermedad, la muerte misma, se hicieran con la otra. La mayor adoptó la ira como compañera; la menor, se mordía el labio para no desvelar sus pensamientos con palabras precipitadas.
Desde que el barbero y la costurera se mudaron a un nicho del cementerio, Candela, ansiosa por ser correspondida por un hombre que la amara como soñaba, flirteaba con cuantos iban de paso por el pueblo, y más tarde con sus propios vecinos, solteros o casados. Encendido su cuerpo tanto como ennegrecida su alma, degeneró en arpía, tan odiada por las mujeres como despreciada por los hombres.
Soledad, a pesar de la desgracia, se recompuso y después del luto preceptivo se dejó cortejar por el rico del pueblo, pues en todos había uno con la obligación de procurarse herederos. Candela, frustrada hasta el delirio, conspiró contra su propia sangre otra vez más. Enfrió el entusiasmo inicial del caballero hablándole de su hermana la inmoral; de la lujuria que la invadía ante los hombres guapos, de la lascivia que exhibía en la intimidad tanto como en público. Agrió los pensamientos del pretendiente y lo corrompió. Y cuando el hombre no volvió, Soledad fue pretendida por el alguacil, que huyó también por idéntico motivo; más tarde, fue abordada con torpeza por el cartero y, al final, incluso el viejo criador de mulas le propuso un arreglo que la humilló por última vez.
En esas idas y venidas pasaron los años, la belleza se marchó sin despedirse, los hombres dejaron de detenerse ante su puerta. Y Soledad, por fin, se resignó a lo que su propio nombre le había vaticinado. Ajada, perdida la juventud, olvidada la ilusión del amor, se consumió sentada junto a una ventana, desde donde contemplaba a este lado las costumbres repugnantes de la única familia que le quedaba, y al otro lado la vida de verdad, el trasiego de personas y animales a lo largo de la calle, camino de la plaza; las caras alegres, preocupadas, tranquilas o iracundas, según el caso, de quienes una vez fueron sus vecinos y vecinas; de las mismas personas que la apreciaron, que envidiaron su belleza, que rieron con ella, que se felicitaron por su suerte cuando encontró lo que anhelaba. Las mismas personas que la hicieron víctima de la maledicencia cuando la marcó la desgracia; que la ignoraron durante años y luego la olvidaron.
Las torturas continuas de Candela fueron alimentando en Soledad un odio diferente. No un odio como fuego, de grandes llamaradas y luz cegadora. El suyo era como brasas enterradas en la ceniza, invisibles, consumidas con lentitud, convertidas en carbón negro, con el último rescoldo bajo capas y más capas de polvo gris y hollín. El labio se le amorató y se infectó.
Nunca la sangre mostró tal repulsión de sí misma. Las dos hermanas tenían que convivir con la penuria y la memoria bajo el mismo techo, condenadas a recordarse hasta el fin de su vida, el amor perdido la una, el amor frustrado, la otra.
El día en que el labio se abrió, clavados los dientes en él, cruzaron las primeras palabras después de años de obstinado silencio. Candela, enajenada, sufrió uno de sus arrebatos y Soledad se desató. El estrépito de gritos y objetos quebrados se oyó a lo largo de toda la calle y convocó a varios vecinos que entraron en la casa por la fuerza. Una de las hermanas había estrangulado a la otra. La estrangulada aún aferraba un vidrio roto empujado hasta las entrañas de su asesina, cuya propia sangre se derramaba y cubría el cuerpo de ambas de un líquido espeso que una vez fue caliente y del color rojo de la vida y ahora era frío y negro como el alquitrán.
