6º relato [Fuera de concurso] «Noche de Difuntos 2026»

Cascarones
Verónica Montes


En nuestro país, de tan rica gastronomía y mezcla de culturas, cada verano intentamos anticiparnos al rigor del invierno preparando encurtidos, adobos, salazones y secando alimentos al sol.

Por desgracia, es una costumbre que agoniza. La sobreexplotación y los invernaderos nos han acostumbrado a tener verduras y frutas todo el año, olvidando el ciclo natural de las temporadas.

No obstante, existe un lugar donde las viejas costumbres aún respiran. Allí, sus calles, las cazumbas y los patios de las casas más humildes se llenan de cascarones.

Fieles a su tradición, cuelgan hileras de berenjenas de unas cuerdas. Las preparan con precisión: les cortan la cabeza y, con una maña casi quirúrgica, vacían el interior en redondo hasta arrancarles todo el relleno. Solo dejan la piel intacta, convertida en pequeños capuchones vacíos que se balancean para secarse al sol.

En Turquía, las noches de verano se llenan de ruidos inconfundibles… A medida que se deshidratan, los capuchones parecen cobrar vida. Suenan huecos, secos, susurrando y crepitando al chocar entre sí en la oscuridad. Con las ventiscas de la madrugada, a los más sabios y añejos se les antojan fantasmas y viejas leyendas; historias que sirven para amedrentar a los niños, evitando que hagan travesuras por las noches o se nieguen a ir a la cama temprano.

—¡Abuelo… abuelo, abuelo! —gritaba un pequeño de no más de cinco años, que cruzaba el pasillo a la carrera, aterrado, hasta llegar al salón.

El abuelo descansaba relajado en la puerta de la casa.

—¿Qué pasa, pequeño? Ya sabes que si estás despierto a estas horas… ¡el señor Cascarón vendrá a por ti!

—¡Ah, no! —gritó el niño, lanzándose a las piernas del anciano en busca de consuelo—. ¡No, abuelo, tengo miedo! Los cascarones hoy truenan mucho y me asustan. ¡He visto al señor Cascarón asomado a mi ventana!

—¡Pues entonces me dirás qué haces despierto! Ese es su primer aviso.

El pobre chiquillo, sintiendo la dureza en las palabras de su abuelo, empezó a llorar desconsolado.

—No… mira que te lo tengo dicho. Todos los veranos me obligas a contarte la historia del señor Cascarón y no me haces caso. Luego así estamos, sin dormir ni tú ni yo. Tú por llorón, y yo por tener que aguantar tus lamentos…

—Vaaaamos… No lloooores, ven. Te llevaré a la cama —dijo, agachándose para cogerlo en brazos y enjugarle las lágrimas con el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo.

—Pero… pe, pe, pero… no te vayas y me dejes solo —hipaba el nieto, muerto de terror.

—Lo prometo… —le sonrió, rascándole la coronilla y alborotándole el cabello.

El abuelo dejó la puerta abierta de la casa a sus espaldas.

El nieto seguía hipando de forma esporádica, refugiando el rostro en el hueco de su cuello. Avanzaba despacio. El viento soplaba por todas las ventanas, las cortinas bailaban y la habitación del fondo, a cada paso, parecía más lejana.

Por el rabillo del ojo, al pasar por delante de la primera puerta, vio una silueta dibujarse tras las cortinas transparentes.

No le hizo caso, pasó sin más. Seguía caminando… Ahora cruzaba frente a otro cuarto. Nada.

Continuó su marcha; el nieto parecía por fin apacible. Estaba tranquilo, como si el llanto le hubiese ganado la batalla y hubiese caído rendido. Los pasos del anciano arrastraban las suelas de las sandalias y la brisa que entraba por las ventanas, de pronto, se volvió gélida.

El corazón le dio un vuelco. En la siguiente habitación estaba la misma silueta, con esa extraña forma cónica, oculta tras la cortina. Pero ahora estaba más cerca, justo en la mitad del cuarto. Totalmente rígida.

Por un momento se quedó atónito, mirándola fijamente. De repente, la tela dibujó una voluta empujada por el viento y, al levantarse, lo que fuera que hubiese debajo se había esfumado.

—¡Cáscaras! —exclamó con el corazón en un puño.

Negó con la cabeza y esbozó una sonrisa áspera. Pero su sugestión duró poco. A sus espaldas, los cascarones que colgaban en el patio empezaron a chocar, cada vez más atronadores. Como si los tuviera justo detrás de la oreja.

Giró sobre sus talones y escrutó el pasillo con cautela. Recordó entonces la puerta abierta de la casa. Para su desdicha, se debatió sobre si volver sería buena idea. Quizás era lo mejor, no fuera a colarse alguna rata o algún indeseable aprovechando la oscuridad

Antes de volver sobre sus pasos, y para aprovechar que el niño había cedido por fin al sueño, decidió acostarlo. Con suma suavidad lo dejó sobre la cama, lo arropó y cerró la ventana.

De vuelta por el pasillo, fue habitación por habitación cerrando el resto de ventanas. La temperatura había caído en picado y el frío empezaba a apoderarse de las estancias. Parecía mentira que aquel mismo lugar hubiera sido un horno durante el día; ahora, el ambiente helaba la sangre.

Tiritó un par de veces y se acercó a un perchero para abrigarse con una bata de algodón fino. La claridad de la luna, al colarse por los cristales, dibujaba sombras a cada cual más siniestra. Mientras se ponía la prenda, intentaba adivinar de reojo qué podía estar rondando por la casa.

Sin previo aviso, una forma fugaz cruzó su campo de visión. Y entonces, pegado a su nuca, volvió a sonar el crujido hueco de los cascarones.

—¡Cáscaras! —masculló con un sobresalto.

Carraspeó incómodo, se irguió de golpe y se regañó a sí mismo en voz baja por dejarse llevar por los miedos y ser tan asustadizo

Sin perder más tiempo, anduvo lo más rápido que pudo por el pasillo, cruzó el salón y cerró la pesada puerta. Se apoyó contra la madera, aliviado, y encendió la lámpara de aceite que descansaba sobre la mesa.

En aquella gran casa no había nadie más que el abuelo y el niño. Eran fechas festivas y el resto de la familia había aprovechado para viajar y hacer acopio de enseres y provisiones. Estaban completamente solos ante el mundo. Nadie acudiría en su auxilio; no había un alma a menos de dos kilómetros a la redonda.

Tan solo estaban ellos dos… y los cascarones vacíos colgando en el patio.

Respiró hondo y decidió dar unas caladas a la shisha que había dejado a medias, buscando relajarse un poco antes de dormir, a ver si se le pasaba el espanto. Mientras soplaba el ascua para reavivar la yesca, el fulgor intermitente del carbón iluminaba la estancia a su alrededor con destellos rojizos.

Colocó el carbón de nuevo en la cazoleta y dio unas aspiraciones profundas para prenderlo más rápido. La brasa resplandecía con cada calada, y con cada calada… sonaban los cascarones.

Al principio se sintió confuso. Pero entonces, al expulsar la densa bocanada de humo, le respondió un largo y seco tintineo de cáscaras. El desconcierto dio paso a la angustia. Otra calada. Más cáscaras, cada vez más cerca. Otra bocanada. Más cáscaras. El sonido trepaba, aferrándose a los oídos de aquel anciano, taladrando su intento desesperado por encontrar la calma.

Cada vez más cerca. Como si una inmensa serpiente de cascabel rondara por la sala.

Sentado en los cojines del suelo, junto a la shisha y a la escasa luz de la lámpara de aceite, intentaba relajarse, pero los malditos cascarones no dejaban de sonar de fondo.

Harto, decidió terminar la pipa con una última calada profunda y marcharse a la cama de una vez. Aspiró, y aspiró, llenando sus pulmones de aquel humo sedante, acompañado siempre por ese chirrido incesante que le taladraba los oídos, aproximándose más y más… Hasta que algo chocó de bruces contra él.

Sobresaltado, cayó de espaldas contra el suelo. Se incorporó a trompicones, alzó la lámpara y escrutó a su alrededor.

Pero para su desdicha, allí no había nada.

—Habré fumado demasiado. Estoy agotado, será mejor que me vaya a la cama —se dijo a sí mismo, sacudiendo la cabeza, algo mareado por la tensión.

El anciano quería acabar con esa pesadilla de una vez por todas; iba a zanjar aquella maldita fantasía y su absurda leyenda.

—¡Será posible…! —protestó, caminando en busca de su cuarto.

Pero para su desdicha, justo antes de cruzar la puerta que daba al pasillo, pisó algo que crujió bajo su pie derecho.

Despacio, bajó la lámpara para iluminar el suelo. Allí estaban. Una cuerda entera, repleta de cascarones.

Mudo de espanto, sus ojos desorbitados no daban crédito a lo que veían.

«¿Cómo han llegado hasta aquí estas malditas pieles de berenjena?», se dijo. Pensarlo en esos términos tan mundanos le daba un poco menos de miedo. O eso intentó creer, mientras echaba a correr a la desesperada por el pasillo hasta entrar a trompicones en la habitación donde dormía su nieto.

Cerró la puerta de golpe y apoyó la espalda contra la madera, con el pecho agitado, tomando grandes bocanadas de aire y espanto.

Pero la pesadilla estaba lejos de acabar.

Al otro lado, rozando la misma puerta en la que se apoyaba, algo parecía arrastrarse. Lento, siempre lento.

«¡No… Otra vez ese ruido!», pensó. Aquel roce incesante y hueco que no había dejado de perseguirle en toda la noche.

El viejo, que aún aferraba la lámpara de aceite con una mano temblorosa, intentó contener cualquier quejido para no despertar a su nieto. Quería aparentar calma, aplacar el terror por si el pequeño abría los ojos, pero la desesperación lo devoraba: necesitaba taparse los oídos como fuera. Ese sonido crujiente no se detenía nunca; lo estaba empujando al mismísimo borde de la locura.

Encogido bajo la cama, gritó, tapándose los oídos con todas sus fuerzas. El ruido era cada vez más fuerte, hasta volverse ensordecedor. Lo sentía incrustado dentro de la cabeza, taladrándole el cráneo y provocándole unas náuseas terribles.

Y entonces, de pronto… cesó.

El pobre anciano temblaba tanto que le castañeaban los pocos dientes que conservaba. Sentir el peso hundiendo ligeramente el colchón sobre su cabeza le recordó que seguía en la habitación de su nieto.

Salió de su escondite y se incorporó como pudo. Entonces, sin atreverse a apartar la vista de la puerta. Con las manos temblorosas, intentó encender de nuevo la lámpara. Por fortuna, siempre llevaba una cajita de fósforos en el bolsillo. La palpó a tientas en la oscuridad y respiró aliviado al abrirla: menos mal que todavía le quedaban cinco cerillas.

Temblaba tanto que apenas lograba sostener la cajita entre las manos. Sus dedos gruesos y torpes no acertaban a agarrar los fósforos. Por fin logró sacar el primero; lo rascó y estalló en una chispa breve, pero el palillo de madera se partió por la mitad.

Lo intentó con el segundo, pero la cabeza de pólvora no llegó a prender.

Sacó el tercero. Esta vez sí, la llama cobró vida, iluminando la penumbra. Aún con la vista clavada en la puerta, la paranoia le hizo creer que escuchaba de nuevo el tintineo seco de los cascarones.

Pero no venía del pasillo.

Esta vez, el sonido venía de la cama.

Inmóvil, con la cerilla aún prendida, estiró nervioso el brazo hacia la cama. Llamó a su nieto con la voz quebrada, pero nadie respondió. Solo el rasgueo seco de los malditos cascarones vibró bajo las sábanas.

La llama consumió la madera y quemó los dedos del anciano. Con un quejido ahogado, soltó el fósforo, que se apagó al instante al tocar el suelo, sumiéndolo todo de nuevo en la penumbra.

Presa del pánico y temblando de pies a cabeza, intentó sacar otra cerilla para encender la lámpara de una vez por todas, pero sus manos no le respondieron: la cajita se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo, perdiéndose en la oscuridad.

Rápido, se dejó caer de rodillas al suelo, buscando y tanteando el bulto de cartón. El sudor frío le corría por la frente, los pulmones le ardían de terror y tenía los ojos abiertos de par en par, intentando adaptarse inútilmente a la oscuridad. Mientras tanto, el siseo y el rasgueo bajo las sábanas sonaban cada vez más altos.

Su mano topó con la cajita, pero, con la torpeza del pánico, la golpeó y salió disparada hacia otro lado.

—¡Diablos, no, no, no…! —maldijo su suerte.

La tenía casi en los dedos y se le había escapado. Pero entonces, un claro de luna atravesó los cristales de la ventana y, como si de un halo divino se tratase, iluminó la pequeña caja. Gateó veloz hacia ella. El siseo a su espalda era cada vez más inquietante, más cercano. Ensordecedor.

La agarró con ambas manos. Y el ruido cesó de golpe.

Al alzar la vista hacia la ventana, se le heló la sangre. Al otro lado del cristal estaba su nieto. El niño lo miraba atónito, con el rostro desencajado y la mirada perdida… no en él, sino en algo situado a la espalda del anciano.

El viejo pronunció el nombre del pequeño en un susurro, totalmente confundido. Las piernas ya no le respondían y sus manos, temblorosas, apenas lograban sostener los fósforos.

Desde fuera, el niño se tapaba la boca con una mano para ahogar sus propios sollozos mientras, con la otra, señalaba con terror lo que se erguía a espaldas de su abuelo.

—Ca, ca… cás, cáscaras —tartamudeó, castañeando los dientes, con el labio temblando de puro terror y las lágrimas rodándole por ambas mejillas.

Sus piernas, que ahora ya no parecían suyas, empezaron a moverse despacio, obligándolo a girar sobre sí mismo, mientras el pobre anciano cerraba los ojos con fuerza y mantenía los brazos rígidos, anclados a ambos lados del cuerpo.

Llorando y moqueando como un chiquillo asustado, sus manos intentaron encender la última cerilla que conservaba en la caja. Rascó el fósforo contra el cartón y la pequeña llama prendió.

La luz titubeaba sobre la madera. Frente a él se erguía una figura mucho más alta, envuelta en las sábanas de la cama. El siseo que emitía era ensordecedor. El abuelo cayó de rodillas, aguardando el golpe del mismísimo señor Cascarón; aquel espíritu vengativo que te chupaba el alma porque, cuando aún era un hombre de bien, lo habían dejado secar al sol hasta morir. Aquella vieja leyenda que usaban los ancianos para meter miedo a los niños, para que fuesen obedientes y se fueran a dormir temprano.

A por aquellos osados que trasnochaban vendría el señor Cascarón: un ser abominable de cuencas vacías y piel curtida, semejante a un cuero reseco, con el rostro deformado en un eterno grito de desesperación.

El pobre viejo sollozaba en el suelo, con las rodillas clavadas y la mirada aterrada fija en la tela.

Y entonces, la sábana resbaló y cayó arrugada al suelo.

La pequeña llama iluminó dos piernas curtidas. Sus peores temores eran ciertos: ahí estaba. Era una piel dura, oscura y de un tono parduzco, reseca como la carne curada al sol. Desde lo alto, unas cuencas vacías lo juzgaban en un silencio sepulcral.

El pobre anciano empezó a balbucear disculpas y a sollozar como un chiquillo aterrorizado. Pero lo único que obtuvo del señor Cascarón fue una gélida indiferencia.

De la boca de aquella figura grotesca surgió un siseo rasposo y, de un solo soplido, apagó la cerilla.

La habitación quedó sumida en la negrura absoluta. Al otro lado del cristal, el nieto soltó un alarido desgarrador, un chillido tan primitivo y agudo que quebró el silencio de la madrugada. Huyó a ciegas, tropezando y arañándose las manos en la oscuridad hasta alcanzar la casa más cercana, con la garganta en carne viva.

Dentro de la habitación de su abuelo, sin embargo, no hubo gritos. Ni resistencia.

En esa penumbra asfixiante, el señor Cascarón hizo exactamente lo que dictaba la vieja leyenda. Cuando los vecinos se atrevieron a cruzar la puerta a la mañana siguiente, no encontraron sangre ni señales de lucha. El anciano seguía arrodillado junto a la cama, con los ojos en blanco y la mandíbula desencajada en un grito mudo. Aún respiraba, pero ya no había nadie allí dentro. El diablo se había llevado su alma, vaciándolo por completo, dejándolo igual de seco que las pieles que colgaban al sol.

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