Cernunnos (relato)

La antropología puede ser una ciencia de riesgo si se ahonda en demasía en los orígenes de las creencias. Sutter Cane así lo ejemplifica (JLBelloq, Círculo del Ludófago)

Cernunnos

por Sutter Cane

Tenía que haber algo detrás de todo. Todo debía estar conectado de alguna manera.

El anciano que clava en la tierra su bastón de roble para apoyar en él la mano y, sobre ésta, la cabeza, mientras, sentado sobre una peña en la ladera de la montaña, vigila el rebaño que se esparce monte arriba, hace mil años; la esbelta mujer de piel canela y reflejos dorados como el oro, que con un cesto de juncos se hunde hasta la cintura, recortando sobre el Nilo su cuello de ciervo y sus gráciles formas; generaciones de progenitores enseñando a sus primogénitos tendrían que hacer destilado alguna esencia con el paso de los siglos. Y la idea estaba allí, al alcance de su mano.

Ravenfast lo sabía. Aquel era su cometido, estaba a punto. La luz del conocimiento se disponía a irrumpir en la oscura caverna de la comprensión humana como una tromba de agua arrastra en la crecida de un río todo lo que encuentra a su paso.

Primero habían sido sus años de carrera, con el doctorado y defensa de su tesis sobre mitología comparada. Fue una tesis brillante. Vinieron los elogios y las entrevistas. Algo de dinero, fama. Pero la fama pasó, y vinieron otros estudiosos con otras ideas que ocuparon los asientos de honor en las universidades.

Sin embargo, a Ravenfast ya no le preocupaban esas estúpidas costumbres humanas provocadas por la vanidad. Le preocupaba llegar al fondo. Detrás de la mitología comparada debería de haber algo más. Así que acudió a charlas, ponencias en numerosos campos de la historia y la antropología. Harvard, Stanford, Oxford, Princeton, Cambridge, Zurich. Recorrió más de cincuenta universidades de las más prestigiosas del mundo y habló con todas las eminencias en sus campos de interés. Sin embargo fue en la universidad de Calcuta donde escuchó una charla sobre “Rituales paganos comunes en la mitología comparada”, ponencia a cargo de Sudhanshu Kumar Jain, un botánico, etnólogo y profesor, y Arjun Appadurai, un conocido antropólogo.

Tras la ponencia,  cuyas ideas sustanciales quedaron en primera línea de interés del doctor, este se reunió con ellos en una esperadísima comida en la que puso mucho interés. Bajo la cálida brisa de Calcuta, en una adornada terraza envuelta en flores y celosías de formas orientales, el sol penetraba creando magníficas formas y colores entre las sombras. El suelo recién regado y el aroma de las flores impregnaron todo de una frescura casi soñolienta. Los tres amables y canosos doctores tomaban el té tras la comida.

Los hindúes pusieron a Ravenfast en la pista sobre los rituales.

— Ha de saber, mi querido amigo —argumentaba Sudhanshu— que las más intensas transmisiones de conocimiento étnico ancestral tienen lugar, con el más ancho caudal de datos, en los rituales místicos de las tribus que, paradójicamente, carecen de rigor científico en su base.

— Entenderíamos —añadía Appadurai— que todo este asunto, basándose en rituales místicos que normalmente están fundamentados en el desconocimiento, el miedo o la ignorancia, produjeran en usted un rechazo inicial, ya que todas estas costumbres no tienen base científica alguna.

— Cierto —aclaraba Ravenfast— y aunque su disertación me ha interesado muchísimo, me inquieta un poco la base de sus argumentos; no puedo disimular cierto pavor hacia los ritos místicos y religiosos que con frecuencia terminan en un espectáculo grotesco y carente completamente de sentido común o mínima cultura.

— El problema, señor Ravenfast —matizó Sudhanshu, que acababa de dar otro sorbo a su té, mientras su interlocutor hablaba— es que el meollo del asunto no está en el ritual en sí, sino en la percepción humana.

— ¿En la percepción humana? —Ravenfast se intrigó.

— Sí, en la percepción. El gran problema en los campos científicos, no así tanto en los artísticos, es la terriblemente imprecisa percepción humana.

— Creo que no le comprendo…

— ¿Acaso usted no sabe, amigo mío… —interrumpió Appadurai— …que la percepción humana es tan pobre que un ser humano, si le tapan ojos y oídos, ni siquiera es capaz de caminar en línea recta? Termina dando vueltas en círculos. ¡Es un hecho científico probado!

— Comprendería ese dato si fuera cierto pero… ¿qué tiene que ver con nuestro tema?

— ¿Qué intenta probar usted señor Ravenfast?

— Intento probar, o más bien… preguntarme, a través de la mitología y religión comparada, qué hay más allá de la veneración de entidades que, retrotrayéndonos miles de años, deducimos que tienen una misma raíz. Yo me pregunto qué hay más allá de la suma de todas las entidades similares en las antiguas creencias. No solo es el caso de que en las mitologías proto-indoeuropeas las existencias más poderosas como Thor, Indra o Zeus, tengan elementos comunes, como por ejemplo ser dioses del rayo.  O que las divinidades aun superiores a éstas y que se tenían por creadoras de todo como son Urano u Ouranos, en Grecia, tienen su símil en la India con Varuna, y que además son las mismas que las anteriores, sólo que más antiguas. Dichas deidades tienen todas las mismas procedencias.

Ravenfast se detuvo un segundo para beber de su té, y prosiguió.

— No obstante, ¿qué hay detrás de todo eso? ¿Por qué tiene el hombre esa tendencia? ¿Es sólo puro miedo? ¿Qué es lo que hace a millares de hombres a la par, mirar al cielo y consensuar que desde allí gobierna con su báculo un dios que precipita espantosas tormentas sobre la humanidad a su voluntad? ¿Sólo el miedo? ¿Y si hubiera algo más?

— Señor Ravenfast —intervino Sudhanshu, que escuchó atentamente al doctor occidental— ¿tiene usted conocimientos de agricultura?

— No —contestó.

— Yo tengo un huerto ¿sabe usted? —comenzó a narrar, mirando las lejanas y perdidas cúpulas de los misteriosos templos hindúes en la lejanía— Cultivo mis cosas. Hace mucho tiempo, empecé a cultivar frutas y verduras detrás de mi casa, con más pena que gloria. Frutas con muy escasa pulpa, verduras con hojas poco carnosas y la mayoría de las plantas ni llegaban a crecer o morían rápidamente.

Planté melones y calabazas, puesto que eran alimentos grandes y con mucha carnosidad, maravillosos para familias desfavorecidas como era la mía en mi juventud. Pero aquellas hortalizas no terminaban por germinar bien. Y no entendía por qué. Después planté, al lado de los melones, tomates y sandías. Aquello fue peor. La cosecha era prácticamente nula. Probé a poner berenjenas y calabacines que me resultaban parecidas. Desastroso.

Un día de mis años de estudiante en la universidad de Calcuta tuve la fortuna, la suerte, de cruzarme, entre sus pasillos y jardines, nada menos que con el ilustrísimo Rabindranath Tagore. La suerte no quedó ahí, sino que fui capaz de invitarle humildemente a mi casa. La providencia quiso que el maestro visitara mi hogar  antes de embarcarse en los mil viajes que le permitieron dar varias vueltas al mundo. Estando allí, mientras tomábamos plácidamente el té, observábamos la cálida luz amarillenta que inunda el atardecer mientras chocaba contra los milenarios muros que allende se podían divisar, y la brisa nos mecía. El maestro vio los restos de mi abandonado y vergonzoso intento de cultivo agrícola, y me preguntó por él. Yo, humildemente, le narré mi fallida incursión en el mundo vegetal. El maestro se levantó y dio un paseo por entre los surcos, hundiendo las sandalias en la tierra y ensuciándose el Dhoti. En un momento dado me dijo:

—  Planta maíz y judías entre cultivo y cultivo, a modo de separación.

  Después volvió a su asiento de junco seco y preferí no atosigarle a preguntas vanas.

A las semanas siguientes hice exactamente lo que el maestro Tagore me propuso y esperé, cuidando como se merecía el huerto. Al cabo de varias semanas y para mi asombro, toda la huerta crecía en abundancia.

Ravenfast, que había escuchado con atención, taza en mano, pensó para su interior un segundo.

— Señor mío, es una bonita anécdota pero temo no entender el motivo de la misma… — profirió.

— Después de aquello —aclaró el hindú— investigué más profundamente y aprendí que en el mundo de la horticultura hay todo un universo de reglas no escritas, transmitidas oralmente, que formulaban todo un compendio, una ciencia no escrita sobre el oficio. Hay plantas que por vaya usted a saber qué razón, no se pueden plantar unas con otras, porque son nocivas entre ellas. Y algunas cuyos efectos son beneficiosos, o hacen que la relación entre dos plantas que se dañan mutuamente, mejore. Pregúntese doctor, cuándo, cómo se adquirió ese conocimiento. A través de generaciones y más generaciones.

— Pregúntese también —inquirió el otro doctor hindú, reforzando la conjetura de su compañero— cómo y de qué manera llegamos a saber que, clavando determinadas agujas en según qué zonas del cuerpo, podemos, con unos métodos ya probados científicamente, mejorar o curar algunos problemas fisiológicos. Pregúntese a quién se le ocurrió cortar la leche con un cuajo y comerse el resultado, que luego sería queso…

El doctor Ravenfast comenzó a entrever el significado de aquello.

— Creo que comienzo a entenderles —dijo mientras miraba al epicentro de su rojiza taza de té.

— Ahora que lo vislumbra, dígame, entre unas cosas y otras… ¿cuántas cosas, cuánto conocimiento adquirido por los ancianos de cualquier civilización a lo largo de años de su vida, ha podido quedarse en el camino? ¿Perderse como se pierden las rayas de un tigre en la maleza?

— Exacto —volvió a remachar su compañero de ponencia— ¿Cómo adquirió ese conocimiento el primer horticultor de la edad del hierro que descubrió ese tipo de simbiosis? ¿Por ensayo y error? Seguramente, pero ¿Quién nos dice que algún otro celta, asirio, fenicio, egipcio… durante sus experiencias en la vida, no descubrió que determinadas piedras, de cierto mineral, tratadas de una manera u otra, pueden producir algún efecto que de ver hoy en día podríamos tildar fácilmente de “fenómeno paranormal”? Estadísticamente, hemos sido millones y millones de humanos, vidas y vidas, generaciones y generaciones experimentando…Quién sabe qué conocimiento ha quedado olvidado.

Ravenfast, que escuchaba atentamente, quedó absorto durante unos instantes mientras asimilaba las interesantes ideas que le proponían los dos colegas hindúes. Durante un breve momento se hizo el silencio, y el doctor asentía con la cabeza para sí, con la mirada absorta, mientras alrededor tan sólo se escuchaba el calmado sonido de los insectos nocturnos que comienzan a pulular en la caída de la tarde.

— Sin embargo —dijo el doctor Sudhanshu interrumpiendo la breve meditación del occidental— coincidirá con nosotros en que es muy probable, en términos estadísticos, que, entre los rituales tribales de cualquier tipo, aun queden conocimientos antiguos completamente funcionales y que desconocemos en el mundo de las ciencias. Como fueron en su día el  caso de la reducción de cabezas, o los increíbles efectos producidos por  el cóctel de drogas que usan en Haití, que contiene tetrodotoxina, extraída del pez globo, estramonio y alguna substancia extraída del sapo marino.

Sea como fuere, aquella conversación marcó los cauces para las futuras investigaciones del doctor Ravenfast. Investigaciones que debieron abstraerle del mundo civilizado de tal manera que durante años después de aquellos viajes, el doctor estuvo desaparecido.

Ocho años después, y unos meses antes de que me contase él mismo lo que les he narrado anteriormente, reapareció tímidamente y tan sólo porque se encontraba en la búsqueda de algún conocimiento que estaba fuera de su campo, que es donde aparece un servidor, narrador de este suceso terrible.

Harvenfill Ravenfast se puso en contacto conmigo dejándome una nota en una cafetería, lugar donde yo desayunaba habitualmente antes de dirigirme al laboratorio universitario como de costumbre. La nota, entre mística y extraña decía lo siguiente:

“¿Ha leído usted a Arthur Machen? Le espero esta tarde a las 20:00 h. en el numero 7 de Claver St. Asunto meramente científico.

Doctor H. Ravenfast.

 P.D. Venga preferiblemente solo.”

Para que lo sepan ustedes, soy neurocirujano e investigador en el campo de la neurociencia. Me llamo Robert Heulvengraft.

Como conocía personalmente al ilustre doctor, aunque extrañado y no sin cierta precaución, acudí a la cita, cosa que no hubiera hecho de ser cualquier otro ¡Como es normal, con tan excéntrica forma de solicitar mi atención!

El hombre me recibió en lo que actualmente era su domicilio, que estaba a la altura de lo que se le supone a la vivienda de un investigador: montañas de papeles y libros por doquier. Nos deleitamos en las cordialidades dignas de toda persona con buenos modales y, sin más dilación, Ravenfast se centró en ponerme al día sobre sus investigaciones.

Según parecía, tras aquellas esclarecedoras conversaciones en la India se dedicó a la investigación de rituales paganos ancestrales, documentándose ampliamente en fuentes de acreditado conocimiento antropológico. Posteriormente, cuando el trabajo de biblioteca le supo a poco, se dispuso a viajar y hacer lo que se llama trabajo de campo. Para ello visitó recónditos parajes de los cinco continentes, donde pudo estudiar in situ metodología tribal usada por indígenas para con sus fines místicos, sanadores o cualesquiera que fueran. Sorprendentemente, se había adentrado en lugares de enorme peligro para un  hombre civilizado extasiado por los adormecedores efectos de los impactos publicitarios del consumismo y del modus vivendi del primer mundo. Y lo más sorprendente: ¡había salido indemne! Diríase que era un hombre que disfrutaba de una inusual suerte. De ese tipo de personas que se encuentran dentro de un edificio que se derrumba, y salen de entre los escombros por su propio pie, sacudiéndose el polvo de las mangas.

He de confesar que, aunque al principio el hombre no me daba la mas mínima confianza, cuando me empezó a contar detalladamente sus viajes y vivencias, y me mostró las pruebas que había recogido de las mismas, empezó a llamar poderosamente mi atención, hasta quedar completamente convencido de participar en su investigación.  Me contó que en una ocasión había estado con una tribu indígena del Amazonas que, tomando un cóctel de toxinas herbáceas, podía trasladar su espíritu al de un animal cercano. Me contó que había conocido y documentado el método de las reducciones de cabezas de los Jíbaros, y la elaboración de la droga del pájaro del Congo, que producía alucinaciones de sobrevolar como un pájaro una zona antes de que ocurriera una tragedia.

 No obstante, también me contó un viaje, particularmente interesante, en el que había conocido a una tribu africana capaz de elaborar una droga que, de ser ingerida, te permitía llegar a un trance en el que podías hacer cosas diferentes con cada uno de los brazos; es decir, escribir con uno, dibujar con el otro, cosas completamente dispares y asombrosas.

También había estudiado a fondo las costumbres y deidades más antiguas de las tribus que había investigado, para ponerlas en consenso con mitologías y religiones más conocidas en civilizaciones más estudiadas por Occidente. Indagó en el rito del Tezcatlipoca, de la olvidada civilización azteca, en las profundidades de la selva de América central, mediante el cual el individuo que lo ingiriese podía hablar directamente con sus dioses. Había escudriñado la antigua receta de Assur,  de los antiguos asirios, con la que se decía que podía hablarse con el propio espíritu pasado. También estudió la bebida alucinógena de los Annunaki, en la eterna Sumeria, y devoró con ansia todos los conocimientos pertenecientes al rito celta de Cyann y el caldo druídico  de Cernunnos. Había estudiado con determinación enfermiza para traer del olvido ritos de antiguas civilizaciones muertas, todos con un denominador común, la clarividencia.

Ravenfast había logrado un compendio asombroso de conocimientos arcanos usados tanto por tribus actuales como por civilizaciones perdidas, en relación a los ritos y mejunjes utilizados para entrar siempre en un estado determinado: la comunión con un estado superior de percepción para con la naturaleza.

Analizado aquel conocimiento, condensó todos los elementos comunes a cada fórmula detalladamente, retirando los elementos meramente decorativos, y destiló las substancias alucinógenas determinantes en cada caso, para dar paso a una sublimación completa, y formular él mismo, científicamente, su propia receta que, como supe después, llamó “El suero de Cernunnos”.

En otro orden de cosas, también había realizado un acercamiento a las últimas investigaciones y formulaciones de la física cuántica, Schrödinger y algunas nuevas teorías que sugerían un comportamiento de las partículas atómicas  inusual,  que apuntaba que el comportamiento de dichas partículas subatómicas iba en función de nuestra percepción de las mismas, con lo que no podía cerrarse la existencia a mundos paralelos.

Ravenfast no sólo había acudido a mí, sino a varios colegas de otras áreas, tales como matemáticos, físicos y bioquímicos. Yo era el último eslabón en su escalera directa a la locura. Me necesitaba meramente como testigo científico que acreditase su trabajo, para lo cual había montado una serie de experimentos calculados, con todo tipo de instrumental y preparativos y, como en este mundo hay un loco para todo, disponía de personas dispuestas a servir como conejillo de indias.

Aquella tarde de sábado de 1929, me reuní con el doctor en el sótano de su piso de Claver Street, con todos mis documentos en ristre y preparado para asistir al primer experimento que teníamos previsto y para el que el ilustre licenciado tenía ya todo listo, incluído un pobre diablo sentado en la camilla, con un sobre de dinero malmetido en el bolsillo y a punto de caerse. Parecía algo nervioso, pero era un hombre de constitución fuerte y bien alimentado. Extendí pues todos mis enseres sobre la mesa de análisis y conectamos las grabadoras, luces y todo el equipo necesario para dar cuidadoso testimonio del experimento. Asimismo, Ravenfast me había encargado numerosos medicamentos preparados para cualquier potencial imprevisto o accidente durante el experimento que, por supuesto, dispuse ordenadamente y a punto para su posible uso en cualquier momento. También me había traído una serie de contratos cuidadosamente redactados por mí, que me eximían de cualquier tipo de responsabilidad en el experimento (¡No pensarían ustedes que me involucraría así como si tal cosa en algo de esta índole sin cubrirme las espaldas! ¿verdad?). Así pues, y tras unas breves pruebas de los aparatos de medición, nos dispusimos a inyectar la dosis que el doctor había destilado con ayuda de otros científicos y bioquímicos, y que había bautizado como “Suero de Cernunnos”.  Le dije inmediatamente al sujeto de pruebas que se tumbase, y asintió con la cabeza sin dejar de mirarme fijamente y con algo de sudor en sus sienes. Me di la vuelta y preparé la aguja. Entonces, antes de que volviera a girarme, noté cómo los fuertes brazos del “sujeto de pruebas” me asían por la espalda y brazos, inmovilizándome con una efectividad asombrosa. Lo siguiente que recuerdo es un pinchazo leve y rapidísimo en el hombro izquierdo. Rápidamente, todo se iba oscureciendo y lo último que pensé era en el horror que me producía haber sido traicionado por aquel loco y cómo pude llegar a esa situación. Después, todo quedó negro.

Al “despertar”, si es que puede llamarse así, lo primero que noté fue la brutal avalancha de olores que impactaron en mi frente como si se tratase de una ola enorme en el océano que choca contra nosotros. Era tal el exceso sensitivo en mi percepción olfativa que apenas podía abrir los ojos; me lloraban intensamente, mientras yo daba cabezadas de un lado para otro para evitar por todos los medios aquel inusitado caudal de olores, de manera inútil, porque allí donde dirigía mi nariz, una fuente igual de intensas sensaciones odoríferas, pero de otro rango, chocaba contra mis sentidos. Lo siguiente que penetró en mí, de manera casi hostigadora, fue un torrente de sonidos deformados e intensos que me taladraban las sienes hasta el cerebro interno. No obstante, entre los vaivenes de mi cabeza pude notar que, curiosamente, estaba tumbado en la camilla pero libre y sin ningún tipo de ataduras. Abrí los ojos y la poca luz que había me resultó cegadora, punzante. Los colores se salían de los bordes. Todo parecía deformado. Las figuras eran perfectas pero estaban formadas por millones de otras pequeñas figuras o seres vivos que a su vez se descomponían en criaturas más pequeñas. Sin embargo todas funcionaban conjuntamente como un ser vivo. Todo encajaba como las piezas de un reloj formado por componentes biológicos. Todo era enloquecedoramente perfecto. De repente fui consciente de que mi corazón latía a una velocidad pasmosa, y el terror me invadió por completo. Los olores intensos, los sonidos espectrales de varias capas de tiempo, las visiones, eran tan espantosamente fantasmagóricas y vívidas que chirriaban al penetrar en mi cabeza y me producían la sensación de no saber si veía cosas del pasado, del presente o del futuro.

Caí en la cuenta de que los dos seres que se disponían ante mí eran como torpes, y que estaban formados por diez expresiones diferentes que se devoraban unas a otras; sin embargo, las expresiones determinantes eran el miedo y la agresividad. Como el impulso visceral de vomitar, una arcada comprimió mi pecho, inundado de una tristeza profunda y de la inevitable certeza de que aquellos dos miserables seres iban morir. Era como saber que la lluvia cae. Con un impulso del cual casi ni fui consciente, salté sobre la figura más cercana y, con la facilidad de un simio, me subí sobre sus hombros de un brinco y con mis manos le arranqué la nuez de la garganta. El acto en sí fue cruel y de una plasticidad horrenda, ya que el cuello prácticamente explotó ensangrentado, salpicando toda la habitación; me pareció de una belleza sin igual, mientras veía como aquel líquido carmesí hacía maravillosas formas y movimientos llenos de vida, y cómo se transformaba en repletos ríos de criaturas pululantes que la colmaban.

Mientras el hombre caía y yo saltaba al suelo, el doctor Ravenfast se abalanzaba sobre mí con una jeringa. No llegó a tocarme, puesto que le di un tremendo empujón que lo hizo precipitarse, por desgracia, sobre el mechero de Bunsen que permanecía encendido con algún matraz encima. Numerosos recipientes de cristal con productos químicos cayeron y se rompieron en mil pedazos, derramándose sobre la llama del mechero, que inmediatamente los incendió, produciéndose un fogonazo que prendió la bata empapada del pobre doctor, envuelto en llamas en cuestión de segundos. Vociferando espeluznantes gritos de dolor, arremetió contra todos los muebles de la habitación, prendiendo todos los libros, apuntes, papeles y documentos que, evidentemente, se perderían para siempre. Por mi parte, la visión del fuego fue tan pavorosa que durante unos instantes me quedé petrificado en el sitio sin poder moverme. Era un espectáculo aterrador. El sonido de los terribles gritos del pobre individuo me sonaba como la muerte escandalosa de cien hombres. La  luz del fuego y su forma amenazadora de moverse eran espantosas. De un vistazo, por la ventanilla en lo alto de la habitación del sótano, que daba a ras del suelo de la calle, pude observar por un segundo el infinito manto del firmamento azul oscuro atiborrado de estrellas, y me abalancé hacia él como un loco de atar, de un solo salto. Cuando di en mí, ya había salido de aquel sótano y me disponía a cruzar la carretera hacia lo que era el bosque.

Y allí, enloquecí.

La maraña de sensaciones era tan intensa que mis sentidos no abarcaban la multiplicidad de seres que se disponían ante mi visión. Avanzaba como un animal despavorido por un incendio por entre la maleza de infinitas formas y sonidos.

Entonces, cerca de lo que parecía un arrollo, lo vi. Sentado de cuclillas bajo un árbol, cerca del agua, había una enorme espalda peluda encorvada, entre parda y multicolor, que se disponía a ponerse de pie. Una cornamenta gigante surgía de su cabeza entrelazándose con las ramas del árbol. El retumbar de su respiración era tan potente como el de diez osos cavernarios.  Al erguirse se giró hacia mí y me miró. Su mirada era como la de todas las bestias que pueblan las tierra juntas. Una parte de mi murió en el acto mientras otras partes renacían a cada segundo. Dio tres pasos hacia mí que tronaron en mi pecho como la caída de una columna griega sobre la tierra. Desfallecí en vida. Lo último que oí fue el inmenso bramido que surgió de su cavernoso pecho, y que hizo retroceder todas las pequeñas criaturas que completaban las entidades más grandes con forma de árboles, y que partió el cielo en dos como un trueno. Era Cernunnos.

Esto es todo lo que recuerdo. Me encontraron días después. Tirado en el bosque, desnudo y al borde de la muerte. Fui juzgado por crímenes e ingresado en un sanatorio. A día de hoy, no hay diagnóstico para mi desequilibrio  mental, que me produce años enteros de catatonia, con breves intervalos de lucidez como en este día que les escribo, tras cinco años de lapsus en completa oscuridad. Dejo aquí mi testimonio. En unos días, horas quizás, volveré a la negrura, quizá para siempre. Por si acaso, me despido de ustedes.♣

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1 Comentario a "Cernunnos (relato)"

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Uruk Valandil
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Paranoia muy bien escrita jejeje saludetesssss