
Leyenda en verso
Loli Navarro Garrancho
Allí donde el tiempo duerme
entre piedras y maleza
se alza un molino olvidado
que guarda una antigua pena.
Dicen que, cuando la luna
se refleja en sus paredes
una mujer vestida de blanco
entre las sombras aparece.
Lleva en los ojos la noche,
en los labios, una queja,
y en el corazón la herida
de un amor que nunca regresa.
Fue hermosa como las flores
que nacen en primavera
y amó con toda su alma
a un hombre de alma inquieta.
Pero el destino, celoso
de aquella pasión tan tierna,
se interpuso entre los dos
con su guadaña siniestra.
Una noche, entre sus muros,
bajo una luna sangrienta,
él juró volver por ella…
y ella esperó a estar muerta.
Cuentan que al alba encontraron
su cuerpo junto a la piedra
con los dedos aferrados
a una carta ya deshecha.
Desde entonces, por las noches,
cuando el viento gime y tiembla,
se oye un nombre entre las ruinas
que el eco repite y lleva.
A veces cruje la puerta,
aunque no haya quien la mueva;
a veces, una luz pálida
surge donde nadie entra.
Y, si te acercas despacio,
cuando la noche esté negra,
verás dos sombras que bailan
en una danza sin tregua.
Él regresa cada noche,
tal como juró a su amada,
pero el alba los separa
y la muerte los reclama.
Ella le tiende los brazos,
él se desvanece entre nieblas,
y un grito rompe el silencio
cuando la luz se despierta.
¡Ay, Molino de la Luz,
sepulcro de amor y ausencia!
¿Qué pecado cometieron
para merecer tal condena?
Si alguna noche pasas
junto a sus ruinas desiertas
escucharás llorar a alguien
que pronuncia tu nombre a tientas.
No te detengas, viajero,
no vuelvas siquiera la cabeza…
que hay amores que, aun muertos,
siguen reclamando promesas.
Que hay amores tan tristes,
tan hondos y tan eternos,
que ni la muerte los rompe
ni los libera del infierno.
