3er. relato _concurso «Noche de Difuntos 2026»

Miradas siniestras
María José Ortes Pineda


Beatriz habría  lanzado una de sus miradas siniestras a Alonso, su prometido,si éste no hubiera aceptado con resignación su propuesta.Era arriesgado, mucho más peligroso que lanzarse desde aquellas escarpadas montañas en busca de lobos y depredadores.

¡Es un momento!¡ Vuelves por el Sendero del Moro hasta el Castellar! ¡La medalla de la Virgen debe estar allí!¡ Creo…creo recordar que algo metálico sonó cuando pasamos con nuestros caballos!¡La Virgen te protegerá! Siento que si pierdo esa joya algo terrible puede sobrevenirnos.

Sus ojos de color verde esmeralda refulgieron de un modo espantoso. Alonso tuvo miedo. Un sudor frío le recorría el espinazo. Temía tener que toparse de nuevo con aquella mirada; prefería subir la ladera hasta la cresta de aquella mole de forma simiesca antes que enfrentarse al desasosiego que le producía el leve levantamiento del labio rosado de ella, despectivo, o sus suspiros felinos . Sin embargo, no era  capaz de contradecirle en sus caprichosos deseos.

¡Pero si es Noche de Difuntos! ,musitaba el joven.¡Yo te compraré otra medalla antes de la boda!, agregaba.

Ella negó con la cabeza, altiva. Rezó y se retiró a su dormitorio dando un fuerte portazo ante Alonso, que ya había decidido salir hacia el monte en su caballo.

Es una promesa, se repetía para tranquilizarse. Si he dado mi palabra de que seré su esposo para cuidarla y cumplir así sus deseos, ésta es la primera prueba. No va a ser peligroso. Las leyendas sobre caballeros templarios son solo un cuento.

-¿Me lo prometes?, escuchaba en eco dentro de su cabeza Alonso.

¿Me lo prom…?

Un sonido hueco y el silencio se interpuso entre ellos.

En la mitad de la senda estrecha, la noche cayó a plomo sobre los hombros del joven. A lo lejos percibía una nebulosa. Una mujer de cabellos dorados en camisón. Una mujer de unos profundos ojos verdes.

Alonso trató de darle alcance. Era Beatriz.

−¿Beatriz?¡Beatriz! −gritó el muchacho.

Espoleó al caballo para avanzar unos metros hacia la sombra de aquella mujer. Hacía frío. Un graznido y el crepitar de unas ramas le hicieron temblar.

−¿Beatriz? −le dijo.

La silueta, etérea, compuesta de jirones y niebla se dio la vuelta. Alonso chilló, aterrorizado al contemplar un rostro sin ojos, sin boca, sin cejas pero con un colgante de oro pendiendo de una oreja sanguinolenta, la única que parecía haber conservado tras un probable ataque de lobos.

Las campanas de la ermita de San Saturio dieron las doce. Nadie pudo escuchar el grito de Alonso, que apareció al día siguiente con los ojos desencajados y con la medalla entre las manos. Muerto. Muerto de amor por cumplir una promesa.

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