1er relato _Concurso «Tichología ludopática 2026»

Deserción
JLBelloq, alias Bellini


El zumbido del motor atómico mece mi cerebro tanto como mi cuerpo. O no… En realidad, el motor atómico no emite sonido alguno: es la estructura de la nave la que se estremece y tiembla con la aceleración. Esa vibración tenue pero constante, junto con los avisos luminosos que jalonan los pasillos y reaccionan a mi paso, son la prueba del pellizco que me confirma que no estoy dormido ni muerto.

Afuera, la negrura absoluta me rodea, completa, profunda, subyugante. Una etiqueta en el vidrio reforzado del ojo de buey me advierte que una mirada demasiado prolongada puede provocar “síndrome de privación sensorial”. Vaya nombre, los veteranos lo conocemos como la “alucinación del fondo negro”, o la “catalepsis del piloto”. Así está más claro.

A pesar del aviso, me siento a menudo en el taburete y observo, tanto que ya lo he convertido en costumbre. Me gusta disfrutar del placer de la oscuridad esencial ante mis ojos y de la blancura del vacío dentro de mi mente.

El viaje de A a G, pasando por B, C, D, E y F, se realiza a lo largo de una ruta fija que, en el espacio, es una curva alabeada y, en el tiempo, un período de trece años, equivalentes a casi ciento cincuenta años en el punto de inicio. Con una tripulación de once personas, los turnos se limitan a poco más de un mes, dos si sumamos la vuelta, para que cada integrante pueda reanudar su vida en tierra con un desgaste físico limitado. Es inevitable, pero es razonable y es soportable; y es un trabajo y está bien pagado.

El carguero es un racimo de esferas de distinto tamaño, donde la pila atómica ejerce de locomotora. Por delante avanzan la cápsula de mando, donde transcurre mi guardia; el tanque de mantenimiento vital, donde hiberna el resto de la tripulación; y la esfera de hábitat, que solo uso para comer y algún aseo esporádico, pues prefiero dormir en la cabina y todo mi tiempo de ocio lo dedico a observar el espacio negro por la gran mirilla.

Por detrás del horno nuclear que es el motor atómico arrastramos un enorme glóbulo, la bodega de carga, repleta de equipamiento de alta tecnología, de una complejidad de fabricación no accesible para las colonias de B, C, D, E, F y G.

Unas pocas estrellas permanecen inmóviles en el círculo de cristal. Constituyen una anécdota en el fondo del manto sin luz del espacio colindante. El desplazamiento de la nave a velocidad cuasi-luz es insuficiente para percibir la más mínima variación en la posición de cualquiera de esos puntos luminosos. Los instrumentos intentan convencerme de que la nave se mueve, pero ya hace tiempo que no los tengo en cuenta: ha crecido en mí una necesidad insoslayable de comprobar por mí mismo, con mis propios sentidos, que no estoy dentro de un huevo metálico colgado de un gancho en el centro de un decorado.

Fue en mi primera semana cuando anulé el temporizador de los hibernadores, de forma que nadie más me ha relevado y solo yo hago guardia en este viaje desde hace más de veinte años.

La burbuja de mantenimiento vital dejará de funcionar dentro de poco: la he desconectado del módulo principal, y solo conservará la vida de sus diez ocupantes unos meses más, hasta que se agoten las baterías de emergencia.

En algún momento, hace horas o días, quizás semanas, he desacoplado la gran esfera de carga. Se ha convertido así en una gran verruga congelada que vaga en línea recta contra el fondo de estrellas, en una trayectoria divergente que la aleja de mí por la inercia.

A solas en el puente de mando, rodeado de pilotos parpadeantes que me advierten de un sinnúmero de peligros, he utilizado los manuales de ingeniería y navegación para poner todos los sistemas en modo manual y he reorientado lo que queda de la nave hacia el centro de la Vía Láctea, donde se acumulan estrellas en tal número y tan próximas entre sí que podría verlas pasar como árboles desde las ventanillas de un tren.

Llegaré a viejo antes de intuir siquiera un incremento significativo en la luminosidad generada por esos millones de luminarias del tamaño de astros, pero me conforta saber que llegaré, inevitablemente. Que, aunque mi muerte ocurra muchos miles de años antes, mi cuerpo se consumirá en su tumba cerca del centro de la galaxia, ahí donde los cúmulos de estrellas degeneran en agujeros negros y se devoran unos a otros en el núcleo de un infierno de radiación.

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