4º relato del III Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2017- (fuera de concurso)

Dos balas
JLBelloq

Max Renner empuñaba un revólver con dos balas. Tanto le daría haber llevado una metralleta con una docena de cargadores, porque la muerte se cernía sobre él, implacable. La muerte… y algo peor.

A su alrededor yacían los cadáveres aún calientes de los que habían sido sus aliados en esa misión imposible; un puñado de hombres y mujeres tan valientes como insensatos, dispuestos a morir por una posibilidad infinitesimal de éxito; héroes anónimos, inmolados inútilmente ante el Mal Inconmensurable que venía a devorarlo todo.

Max, consciente a pesar de su cuerpo maltrecho, podía ver ahora al enemigo. Percibía delante de él, a una distancia difícil de calibrar, un elemento desproporcionado, el ente que al fin se mostraba ante quien pudiera sostener la mirada.

No era sólido; no todavía. El único hombre en pie, una mota de polvo en el camino de un huracán, palideció ante la forma informe contra la que su exigua cordura ya no podía servirle de nada; un monstruo sin rostro, sin cuerpo, pura energía maligna que venía a acabar con este mundo como había hecho con tantos otros desde tiempos inmemoriales.

En el suelo se desangraba un profesor moribundo con dos balas, junto al destino escrito que ya nadie, en ningún sitio, sería capaz de cambiar. Un destino determinado por esos sectarios locos que habían logrado abatir en la entrada del templo; esos mismos que, con la fuerza de su fanatismo, habían conseguido completar la invocación que les iba a costar la vida sin remedio.

Estaban un hombre solo, con dos balas, y el Mal Universal despertado de su letargo de eones, cuya atención acababa de ser llamada por el destello ínfimo de un conjuro; de unas palabras negras, entonadas a voz en grito, leídas en el mismísimo Necronomicón maldito por otros hombres con el cerebro arruinado.

La locura era inminente. El último atisbo de cordura escapó de él cuando se llevó el arma a la sien, resuelto a acabar con la angustia infinita que lo aplastaba. En el momento del fin pensó en la última bala, que quedaría, inútil, en el tambor. La bala que no consiguió disparar a tiempo, para impedir que el último acólito agonizante terminara la frase que los condenaba a todos; a tiempo, para interrumpir la oración que provocaba la desaparición irrevocable del mundo entero, llevado a la inexistencia por el gesto indiferente de un Dios del Caos de nombre impronunciable.

Max Renner disparó, pero eso ya no tenía importancia alguna.


 

Bookmark : permalink.

Leave a Reply

avatar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  Subscribe  
Notificación de