9º relato (de 9) -fuera de concurso, Noche de Difuntos 2018-

EL REGISTRO CIVIL DE INGOLSTADT ES ÚTIL
JLBelloq

– Buenas, vengo a inscribir a mi hijo.

– Buenas. ¿Cómo que su hijo? Yo le conozco, es usted ese Frankenstein, y es usted soltero.

– Oiga, yo no vivo aquí, solo estoy por trabajo. ¿Quién le dice que no tengo una esposa en mi casa de Ginebra?

– Mi hija: estas jóvenes casaderas están al tanto de todo, en lo que a hombres se refiere. Hace meses que suspira por usted, y sueña con pescarlo; siempre me dice que lo intenta, pero que usted no se entera de nada y que no le hace caso. Que es usted idiota. Lo dice ella, no yo.

– Bueno, en fin, cosas de mujeres. Lo que yo quiero es inscribir a mi hijo, como ya he dicho, y mi estado civil no viene al caso.

– Lo siento, señor, pero sí viene al caso. Hay que consignar el nombre de los progenitores, de ambos.

– Pues esa es la cuestión, señor registrador, que soy el único progenitor…

– ¿Cómo es eso? No, no me lo diga… Ha tenido usted un desliz y ahora se quiere hacer cargo del recién nacido y mantener en secreto la identidad de la madre, como si lo viera. No, no es usted el primer calavera que viene por aquí, pero sí el primero que se quiere quedar con el animalito para él. Lo normal es pasar de todo y que lo críe ella, como corresponde, que para eso lo ha parido. Ande, váyase, hágame caso; criar niños no es tarea para hombres. Olvide el asunto y venga a cenar a mi casa; le presentaré a mi hija, que está deseosa de conocer a un caballero y darle muchos hijos, que para eso la hemos educado bien.

– Em… No, gracias. Hágame caso usted a mí. Mi hijo es mío y solo mío. Me lo tengo que quedar, no tengo más remedio. Lo hice yo solo, se lo aseguro.

– Pero hombre, ¿cómo va a ser eso? Explíquese.

– Verá, es complicado. Básicamente, cogí trozos aquí y allá y los pegué, y me salió lo que me salió. No es muy guapo, la verdad, pero es que yo soy científico, no artista. En realidad es feo, mucho; horroroso, más bien.

– A ver, a ver, señor Frankenstein, ningún bebé es feo, y menos para su madre… padre en este caso.

– ¿Bebé? No, no, es un tío hecho y derecho. Dos metros y medio, palmo arriba o abajo. Tenía que ser grande, para facilitar el cosido, y encima tiene trozos de más. Igor se hizo un lío con los cadáveres y él no es médico. No entendió mis instrucciones cuando me fui de vacaciones y lo dejé al cargo.

– Vale, vale. O sea, que se ha hecho usted mismo un hijo como si fuera una estantería. ¿Y cuánto tiempo ha tardado en parir la chapuza?

– Pues… No sé… A ver, que eche cuentas: Igor trajo el carromato de cadáveres putrefactos… le expliqué lo que tenía que hacer… luego pasé por el castillo de mi padre a pedirle pasta… el fin de semana que pasé borracho… y me fui a la playa con aquella pelandusca … Sí, total, tres semanas. Veintiún días. Cuando volví, ya estaba montado el puzle y tenía el cuerpo cosido y listo en la camilla. Yo solo lo electrocuté unas cuantas veces hasta que lo oí chillar. Y aquí estoy.

– Veintiún días, como un huevo de gallina… Tiene usted un niño-pollo, básicamente.

– Monstruo-pollo, en todo caso. No se imagina la pinta que tiene, con tanta cicatriz mal cosida. Igor usó dos brazos izquierdos, imagínese el desaguisado; y las piernas eran de dos tíos distintos, una más larga que la otra; le pegó a la más corta un pié extra, para compensar. Como le salió tan grandullón, pensó que necesitaría dos corazones y le puso uno en la espalda, y ahora tiene una joroba palpitante que asusta a todo el mundo; menos a los niños, que la miran embobados y se ríen mucho. Como mi ayudante es estrábico y su madre le inculcó que era guapo, le colocó los ojos de aquella manera, y ahora no puedo saber si me mira o me ignora, por lo que me cuesta educarlo. Tiene dientes de más, dedos de menos, y un estómago de vaca. Creo que esto último no fue intencionado, que Igor puso la compra en el carromato y acabó dentro de la criatura; supongo que luego se haría los callos con las sobras de algún otro cadáver, aunque con lo bruto que es ni se daría cuenta de la diferencia. Y mi hijo, rumia.

– Es… es difícil de imaginar… Al menos le habrá salido inteligente.

– ¿Inteligente, dice? Un listo, en todo caso. No sé dónde habrá aprendido según qué cosas, pero yo no se las he enseñado, se lo aseguro. En cuanto averiguó dónde escondo el dinero, metió la mano; la manaza, mejor dicho. Y se lo gastó en fulanas y en alcohol, a partes iguales. Creo que las mismas fulanas se ocupaban de emborracharlo hasta que perdía el sentido, porque ninguna quería acostarse con él, solo desplumarlo. Oportunidad perdida, por otra parte, porque no se podían imaginar la herramienta que le había colocado el pervertido de Igor, con la intención, según me confesó, de que fuera muy popular. En cuanto a los libros, ni tocarlos, pero se las apañó para venderlos en la primera semana de clase por una suma desorbitada. Creo que extorsiona a los compañeros del colegio y, por la cara del maestro, a él también.

– Bueno, señor Frankenstein, convendrá conmigo en que esto es inusual.

– Claro, claro, me hago cargo. Por eso le pido que sea usted comprensivo y flexible. Tengo que inscribirlo para poder meterlo en un internado y que le den la beca. Si no me lo admiten, ya me apañaré. En ese caso, he pensado que intentaré colocarlo de aprendiz en un circo, a ver si allí averiguan si vale para algo. Ande, tenga usted compasión de un padre desesperado…

– Venga, vale, me ha conmovido. ¿Cómo quiere ponerle al neonato? ¿Víctor, como su padre? ¿Ludovico, que está muy de moda?

– Había pensado llamarle Jordi…

– Vale, está bien: Jordi Frankenstein, nacido en Ingolstadt en…

– ¡No, no, nada de Frankenstein, hombre! Gutiérrez, no vayan a relacionarlo conmigo cuando salga de este agujero, por Dios. Jordi Gutiérrez, haga el favor.

– Vale… ¿Nombre del padre, entonces?

– No sé… ¿Se puede poner Alambique?

– Vale… ¿Nombre de la madre?

– Electricidad, por ejemplo.

– Vale, suficiente. Firme aquí, y aquí. Le prepararé su certificado en un momento.

– Genial. Me ha quitado un peso de encima. Estoy en deuda.

– Pues me la pienso cobrar. Mañana, en mi casa, venga a cenar y le presento debidamente a mi hija.

– Bueno, no sé qué decir. Me siento abrumado, es usted muy generoso ofreciéndome a su hija para que la corteje…

– Gracias, sé que sabrá corresponder. Un médico tan hábil sabrá cómo lidiar con su joroba mejor que su propia familia, y seguro que averigua por qué se ha quedado calva, y podrá poner remedio a esos berridos que emite cuando quiere hablar. Y, como sé que es un caballero, obviamente no pondrá reparos por su estatura, metro treinta y cinco. Bien mirado, mide lo mismo en todas direcciones; no en vano, sus hermanos se divierten echándola a rodar por los pasillos. Es cruel, lo sé, pero hasta yo me río cuando la veo patalear y manotear intentando hacer pié en el suelo.

– Estoooo….

– No puede negarse, se lo advierto, o no le haré este favor.

– No… Sí, iré, por supuesto. Solo deje que me acompañe mi hijo, para que se conozcan. Son jóvenes, ellos se entenderán bien. Ande, diga que sí. Imagine que los casamos y se van a vivir por ahí a… qué se yo… ¿Groenlandia?

– Si la boda la paga el novio, trato hecho.

– Vale. Deme mi certificado.

8º relato (de 9) -fuera de concurso, Noche de Difuntos 2018-

CARTA DESESPERADA
JLBelloq

En un punto indeterminado, al norte del Círculo Polar Ártico
Un día indeterminado de julio de 17…

Es un hecho irrefutable que he creado una vida. Tal afirmación no tendría nada de especial si la expresara una mujer, cualquiera que fuera, pero es inaceptable dicha por mí, un hombre sin más mérito que un título de medicina ni más habilidades que las de mis propias manos cuando manejan los instrumentos de mi profesión; y con una obsesión insana por ganarle a la mismísima Muerte en su terreno, por recuperar lo que considero que me robó en un acto alevoso durante mi juventud: mi propia madre. Mi fe en la Ciencia ha sido mi fuerza en esta batalla desigual; la Naturaleza, aliada circunstancial de mi enemiga, ha sido la suya.

Creé un ser vivo a partir de restos de otros, en contra de los principios más elementales de la Biología; luego, lo di por muerto; luego, abominé de mi propia creación. Y él, vivo a pesar de todo, ciego de cólera por el abandono de quien consideraba su padre, arrebató dos vidas porque sabía que me importaban; y, cuando volví a fallarle, otra más.

Su deseo de venganza, una vez cumplido, provocó el mío, y en su persecución he consumido mis energías, mi salud y me temo que mi vida, bien del que ya casi no dispongo.

La criatura se me escapa en este mar de hielo en donde su condición sobrehumana se impone a mis ya escasos medios. He perdido casi todos los perros; los supervivientes durarán poco: ya hacen caso omiso del látigo. He consumido las provisiones, he perdido la brújula, el congelamiento ha invadido mis piés. He agotado toda fuente de calor y de luz. He olvidado cómo he llegado hasta aquí. Veo a la Muerte delante de mí, a pocos metros, como un espectro acechante, a la espera de mi último aliento. Solo mi determinación me mantiene en movimiento, en pos del monstruo incansable que no se detiene nunca, seguro de su supremacía física sobre su creador, pero temeroso de la pistola cargada que sabe que protejo cerca de mi pecho.

Maldito sea, y maldita la hora en que creí que la Ciencia me devolvería lo que ya no era mío ni de este mundo. He aceptado por fin que mi madre, muerta por el acto sublime de preservar la vida, no volverá nunca más, como han demostrado para siempre las aberraciones que yo mismo construí.

Distingo en el horizonte blanco unos mástiles y la silueta de un casco semienterrado en el hielo. No puede ser, los seres humanos no se aventuran en este infierno helado. A falta de rastro, me dirijo hacia esa alucinación con la única esperanza de que el asesino al que persigo vea lo mismo y se dirija al mismo punto.

Daría lo poco que me queda en este mundo porque así fuera, para encontrarme de una vez cara a cara con mi destino. Sacaría la pistola –Dios mío, que la pólvora siga seca-, y le dispararía a la cabeza sin mediar palabra, tal es mi propósito. Porque –ahora me doy cuenta-, no quiero que me haga la pregunta que temo, la que no sabría responder, la que ha ennegrecido mi corazón desde aquel aciago día en el laboratorio, cuando renegué de mi creación sin más motivo que el miedo irracional a vencer a lo invencible y a dar al mundo una nueva raza de seres destinados a reemplazar al Hombre.

Víctor Frankenstein

7º relato (de 9) -fuera de concurso, Noche de Difuntos 2018-

ÚLTIMOS ARTILUGIOS DE FLEMMEL MCDAVISH
Sutter Cane

A día de hoy, la flemática población de la gigantesca Londres se divide en dos grupos bien diferenciados, estudiosos científicos amantes de la ciencia y la ingeniería, y salvajes sedientos de sangre. Flemmel Mcdavish, Ingeniero Londinense, estaba en el primer grupo. Flemmel, afamado científico, que disfrutaba de cierto renombre gracias sus modernos experimentos de “Integración de la corriente catódica en intervalos para la activación de la catarsis cardiaca”, era de una personalidad fría y calculadora hasta el extremo. En la universidad nadie quería estudiar con él. Aparte de sus increíbles avances en la mecánica y la medicina aplicada, innumerables y pequeños artefactos e inventos, sus crueles observaciones para con los alumnos eran conocidas entre sus colegas. Sus dotes para la ciencia le habían abandonado al “mal del científico”: carencia absoluta de empatía por el prójimo. Hasta tal punto que una vez fue juzgado por ello ante un tribunal. Cierta vez había diseñado una trampa eléctrica para ladrones, de una efectividad demoniaca. Un pobre ladronzuelo al que se le ocurrió entrar, un joven de la calle cuyo estómago probablemente rugía por las inmediaciones de Rummel St., quedó literalmente abrasado por la vorágine de voltios que atravesaron su cuerpo. El espantoso olor a carne quemada alertó a todo el barrio. Dado el gran reconocimiento de Flummel  en vida, la cosa quedó en una aseveración ante el tribunal.

Entre aquellos dos grupos se encontraba un ser humano que unía ambos mundos como un puente. Nicolás  Borlag caminaba silencioso por el sendero mortecino, bañado por la pálida luz de la luna llena, básico para realizar toda clase de tropelías nocturnas sin abusar de la luz de las velas.  El pálido manto blanco que extiende el disco lunar es capaz de otorgar una visión excelente cuando está en su plenitud.

El encargo de esta noche estaba en la media de los servicios que le solicitaba el colectivo de doctores. Un cadáver fresco, en buen estado y con el mínimo deterioro posible.

Atendiendo a la demanda y puesto que la muerte letal por infarto se había producido recientemente (en la Calle Rosburg número nueve, mediante la cual, el señor Flemmel McDavish, había pasado a mejor vida), era conveniente pasar a la acción y realizar el trabajo rápidamente puesto que de nuevo el hambre llamaba a su puerta y los encargos habían bajado su número en demasía. Quizá fueran los avances en medicina, o la incipiente reducción de la delincuencia.

En esto pensaba Borlag mientras serpenteaba entre los lánguidos senderos, infestados de turbias enredaderas terreras, que salpicaban el camino formando túmulos nudosos y tejidos con las raíces de los árboles, apiñándose contra las lápidas. Estas se iban volcando como deprimidas por el peso inexorable del tiempo.

Silencioso, avanzaba cruzando las oscuras tinieblas de los árboles y panteones que arrojaban sombras alargadas, dando a las colinas del camposanto el aspecto jaspeado de la piel de un tigre gris y negro, si sobrevoláramos por encima de sus páramos, como un cuervo que lo cruza volando para posarse en la torre del campanario.

A veces se enganchaba en las cruces de hierro oxidado y roído por la túrbida humedad del suelo del cementerio, que en la noche fría humea vaporoso, por el calor emanado desde el suelo. Debido a las innumerables reacciones bacterianas producidas por los cadáveres en descomposición en sus ataúdes de madera orgánica.

Pero no era aquella la zona que le interesaba. Su atención se centraba en la infame y enorme cripta oscura de West Norwood. Una tumba subterránea con modernos mecanismos de ingeniería financiada por las familias más ricas de Londres y a prueba de la ola de robos de cadáveres que arrasó en años pasados los cementerios. Un negocio bien pagado aunque en declive y del cual era heredero Nicolás Borlag.  La esperanza de vida de un londinense no llegaba a los treinta y cinco años. Era un buen “nicho” de material fresco para los impíos científicos.

El cementerio de Norwood es un lugar muy exclusivo si uno era un cadáver. Para evitar la profanación la noche posterior tras ser inhumado, la tumba bajo la capilla estaba equipada por un catafalco hidráulico, para bajar a los difuntos al mundo de los muertos. Allí eran metidos en unas tumbas, apiladas en forma de panal, llamadas Loculi, cerradas tras una reja de metal, y metidas en un ataúd reforzado por el lado de la cabeza, ya que los ladrones acababan antes abriéndolo por ahí y extrayendo el cuerpo rápidamente.

Tras el silencioso asalto a una de las puertas pequeñas y medio escondidas que daban acceso a la necrópolis, fue el momento de encender la lámpara de aceite y adentrarse entre las mohínas tumbas del cementerio. Novecientos setenta y dos cadáveres. Muertos por todas partes. Caminó entre cientos de apiladas tumbas iluminadas por la tenue luz de la llama, que hacía y deshacía rápidamente espectrales sombras en las paredes. Las húmedas catacumbas irradiaban un fétido olor a añejo, mezclado con la raída superficie de las rejas corroídas por el óxido que carcomía el metal formando bulbosas pompas de hierro deshecho. En el suelo se entremezclaban el polvo, las astillas, y los trozos de madera rotos y podridos, junto con algún fragmento de hueso, probablemente de macabros hurtos anteriores.

Se acercó a la zona más reciente, cruzando por entre las criptas de las familias más adineradas. El tiempo y el moho no obedecían a las leyes de los vivos, pudriendo y deshaciendo bajo la humedad salitrosa los ataúdes por muy adornados que fueran, y por muy nobles que fueran los materiales utilizados. En las más antiguas criptas todo era una pútrida amalgama corrupta.

Se aproximó a las tumbas recientes que buscaba, mientras se ponía un pañuelo empapado de perfume a la boca. Algunos ataúdes estaban frescos. Desprendían un malsano vapor producido por bullir de las bacterias devorando la carne. El hedor de las miasmas invadía la mente del Burlog, nublando su mente. Hasta que por fin en la oscuridad una placa metálica refulgió devolviendo la amarillenta luz a los ojos del ladrón de tumbas, donde podía leerse Flemmel Mcdavish.

Rápido y certero Nicolás abrió hábilmente el candado de la reja, se deslizó al interior del fétido cubículo e inmediatamente empezó a aplicar una fuerte palanca sobre el cabezal del ataúd. No tardó mucho en oír como crujía la madera cercana al lado de la cabeza. Aturdido y al borde de la asfixia, escucho aquel crujido como algo esperanzador. Pues tan solo pensaba en salir de allí lo más rápidamente posible con su presa. No obstante, fue otro sonido el que le lleno de espanto: el inequívoco sonido metálico de algún mecanismo despiadado, cuya vibración notó como un pálpito en los dedos, atravesando el suelo y subiendo por la pared. En el silencio sepulcral y cubierto por la luz ambarina de la llama, entre el espantoso hedor de los innumerables cadáveres apilados bajo tierra, la puerta de reja volvió a cerrarse contra la piedra roída con una fuerza y una precisión despiadada.

Flemmel McDavish había fabricado un último artilugio.

6º relato (de 9) concursante del IV Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2018-

UNA ALIMAÑA PARTICULAR
Miss Madness

Fuera llueve y hay tormenta, los relámpagos pueden reflejarse en el espejo y aumentar así la intensidad del miedo y el suspense.

Para Miss Madness, aislarse en aquel espacio de apenas diez metros cuadrados se había convertido en su forma de vida, rodeada de sus experimentos, sus medicamentos, químicos, sus sueños, sus miedos y su dolor.

Lo había convertido en un “Laboratorio Onímico”, como ella le llamaba.

Era una fusión entre Sueños y Químicos, una fusión de la que le es tremendamente difícil escapar, por no querer hacerlo, por no poder, por no intentarlo…        O quizás era MIEDO, así en mayúsculas, porque tener miedo a algo que ya conoces es aún peor; ella conocía bastante bien ese miedo y le era casi imposible escapar de él.

Y bueno, siendo sinceros, no puedes escapar del miedo, pero sí puedes resguardarte evadiendo esas condiciones en tu “crónica diaria” que te conducen al “MIEDO que ya conoces….”

Su secreto mejor guardado era su compañía, la compañera que llevaba a su lado muchísimos años, muchos más de los que le gustaría.

En un momento de su particular vida, la soledad resultó ser irritantemente abrumadora; entonces decidió que era hora de hablar con quien tanto tiempo había estado a su lado, ese ser que ella misma creó en su pequeño Laboratorio, esa Alimaña.

Ese ser experimental que ella misma había creado, había nacido de lo más profundo de su ser, pero como en toda ecuación hecha por un estudiante de letras, algo bastante importante había fallado.

Y en la penumbra de su dormitorio….

– ¡Has vuelto a presentarte! Has vuelto para encadenar mi alma con fuerza. Cierro los ojos esperando con ansia a que cuando los abra hayas desparecido. Pero ahí estás… mirando con ojos de orgullo y prepotencia sabiendo que cada esfuerzo que hago para huir es en vano; puedo oír tu risa ante mis intentos fallidos (JAJAJA), otros casi funcionan y eso te asusta.

¿Has vuelto para involucrarme de nuevo en tus sucios juegos? ¿Qué desafío me propones? – preguntó temerosa.

La Alimaña contestó:

– Te desafío a despertar con el alma oxidada por el resto de tus días y a cambio te haré inmortal, tal y como soy yo.

– ¡Ya lo hago! Cada mañana la oigo chirriar y aún así para ti no es suficiente. –Dijo con un tono desesperanzador y angustiante. – No hay antídoto que acabe contigo, nada te aplaca, tan solo te aleja de mí durante días, tal vez semanas… ¡Pero eso no es suficiente!

– Viviremos juntas entonces – respondió la Alimaña con una sonrisa enmascarando crueldad.

El miedo era cada vez mayor, se apoderaba de ella y la corroía cual alimaña a sus victimas.

– Nada puede vencerte y viviremos juntas pero recuerda que no seré una víctima fácil, pues todavía me queda algo para seguir luchando contra ti, un ejército de sentimientos repletos de experiencias que tú me has proporcionado, y que éstas a la vez me han enseñado que, mientras quede un soplo de vida en esta simple marioneta a la que manejas según tu antojo, seguiré poniéndote  difícil tu triunfo que es MI CUERPO, y eso, eso es muchísimo más poderoso que tus ganas de acabar conmigo.

Antes de nada para aceptar tu desafío voy a exigirte algo, déjame ver tu rostro.

Desenmascaró a la Alimaña y se quedó petrificada, pues lo único que había detrás de esa horrible máscara era su propio reflejo.

Jugar a ser Dios había sido uno de sus entretenimientos más temerarios y eso la había llevado a crear un ser indestructible, un ser que nada se parecía al prototipo principal en el que tanto tiempo estuvo trabajando y planeando, un ser que viviría atemorizando el resto de sus días.

Toda ésta locura, ese intento lamentable, penoso y fallido por crear un alma libre de odio, dolor e ira, la llevó a cuestionarse.

­­¿Quizás mi Alma está cansada de estar encerrada en este cuerpo?

¿Quizás debería dejarla salir?

¿Quizás se ha cansado de aguantar, no puede, no quiere, teme…?

¿Quizás estoy evitando el final fácil de la vida, ese que solo Dios como ser supremo nos da y nos quita?

¿Quizás soy más cobarde de lo que creo ser?

¿Quizás el miedo fluya tranquilo y vagando por la memoria?

¿Quizás es el vacío el que hace que tirite en las noches?

¿Quizás los engranajes se han cansado de seguir chirriando?

¿Quizás la esperanza acabó dándose por perdida?

¿Quizás he pasado demasiado tiempo intentando desentrañar los oscuros secretos del alma del ser?

¿Quizás podría crear otro ser, que éste a su vez acabe con mi primera creación?

¡¡¡Quizás, quizás, quizás y mil veces quizás!!! – gritó con impotencia.

Durante un instante, recapacitó. El hombre puede manejar muchas cosas a su capricho, relaciones sociales, intereses, desarrollo científico, capitalismo, pobreza, guerras, curas y venenos… pero nunca podrá crear un Alma a su antojo.

Obtuvo Resignación como respuesta.

Así Miss Madness comprendió, pues, el horror que había creado y que debería aceptar, comprendió el desafío y decidió llevar encima su carga, que no era otra que la locura que ella misma se había regalado, quedándola totalmente vacía, permitiendo que en su persona se formaran dos seres, siendo la misión de uno torturar al otro y dejando que su conciencia furiosa diera caza a su alma.

5º relato (de 9) concursante del IV Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2018-

VIDA MILLONARIA
Landázury

Sobre la última página de un ejemplar de “Frankenstein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley, caía una lágrima de un líquido viscoso y aguado de color amarillento.

No sabía si podía o tenía que recordar lo que había pasado hacía más de dos días; no sabía por qué podía leer, entender y sentir, aunque a la vez seguro que deseaba no poder hacerlo. Desde que abrió los ojos para ello, había pasado una eternidad en esas 4 paredes, le dolían los cosidos y no le dejaban ducharse; uno de los médicos a cargo le dijo que tenía que esperar, eso era todo. Ni una mísera ventana; la comida, si le podíamos llamar comida, ya que consistía en una botella de agua con vitaminas y nutrientes, se le hacía llegar por una puertecita pequeña, era todo muy inhumano…

Aunque mis compañeros no quisieran admitirlo, habíamos creado vida. Era capaz de ir más allá del movimiento, sabía leer, y estoy segura de que podía sentir y que, si hubiéramos puesto empeño en reconstruir la caja torácica, incluso habría podido hablar.

Intenté por todos los medios hacerles entender que era vida, con todo lo que ello significaba, pero no sirvió de nada… Al día siguiente dieron comienzo a la subasta.

4º relato (de 9) concursante del IV Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2018-

UN INSTANTE ANTES
Luis Galván

— Paso a paso.

Toda piedra hace pared y cada pequeño avance supone un logro para conseguir mi objetivo. Llevo demasiado tiempo dándole vueltas y por fin todo parece estar perfectamente asido. Nada puede fallar. La sed de éxito despierta en mí una irrefrenable sensación de impaciencia y euforia pero también de cautela y determinación.

Es hora de poner las cosas en su sitio y demostrar mi valía despejando todas las dudas. Ha habido momentos de vacilación, negros nubarrones que sobrevolaban sobre este desafío autoimpuesto. Ganarle la partida a la muerte, arrojar algo de esperanza al sufrimiento que provoca la pérdida de un ser querido, con el que tanto has compartido y que te ha ayudado a construir tu experiencia vital.

No he sucumbido. Más pronto que tarde podré mostrar a la comunidad científica, y quién sabe si ante toda la humanidad, que yo, el joven Victor Frankenstein, he desafiado las leyes de la naturaleza, proporcionando vida a un cuerpo inerte.

Llegar hasta aquí no ha sido fácil. Años de estudio, noches en vela ordenando en mi cabeza todo el conocimiento, extraído de los más grandes. Ellos me han dado las claves, pero sólo yo he sabido conjugar toda esa información en un nuevo lenguaje. Únicamente mi talento ha sabido ver la luz del camino que ellos tan solo esbozaron. En este momento les honro a todos y cada uno de ellos. Pero el triunfo será mío.

Vienen ahora a mi memoria todas aquellas personas que han sido pilares fundamentales en mi vida y que por infortunios del destino no están hoy a mi lado. Mi amado padre, siempre al cuidado de nuestro bienestar y nuestra educación, regido por una integridad ética y moral fuera de serie. Mi prima, Elizabeth, cuya dulzura y virtud siempre han serenado mi alma inquieta y alimentado mi espíritu.

Cuán agradecido les estoy y cuánto aliento me han proporcionado sin ellos saberlo durante las largas noches de trabajo recomponiendo los pedazos de carne muerta, ensamblando las nauseabundas piezas extraídas de los lugares más lúgubres, a escondidas, temiendo en algunos momentos incluso por mi propia vida. Cuando el olor a putrefacción invadía mis sentidos, eran ellos los que borraban la más leve idea de abandono. Si, he de reconocer que durante todo este proceso, he tenido que experimentar situaciones verdaderamente terribles y espantosas.

Sé que mis actos podrían escandalizar a cualquiera, pero que poco importa si lo que se persigue es el progreso de la humanidad y el bienestar de la sociedad, fines nobles que avivan la llama de mi voluntad. Sé que ellos comprenderán todas las calamidades por las que he tenido que pasar, poniendo en juego mi integridad física y mi buena salud. La sociedad no debe juzgarme. Lo he hecho por ellos. Por todos ellos.

Y si ellos pueden entenderlo, cualquier otra persona también lo hará. No se trata de herejía, ni de alquimia. No es brujería. Es ciencia. Una ciencia tan rigurosa y necesaria como la que se enseña en la universidad. Esa universidad a la que me incorporé con fervoroso deseo de aprender y de exponer mis inquietudes y de la que fui expulsado como un proscrito. Llegará el día en que sus puertas se abran de nuevo para recibirme. Tendrán que tragarse todas y cada una de las palabras que dijeron sobre mí y sobre mis ideas, reconociendo la genialidad donde antes solo vieron locura y desvaríos. Ingolstadt, algún día volveré.

Esta noche todo cobrará sentido. Ha llegado el momento. Todo a punto. El último esfuerzo, el primer soplo de vida.

Vive. Abre los ojos para ver el mundo y que el mundo te conozca a ti.

3er. relato (de 9) concursante del IV Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2018-

EL EGO DEL DOCTOR
Natón

La tormenta no para, los estruendos y las luces cegadoras procedentes  de los truenos cada vez son más frecuentes. La lluvia y el viento son muy  intensos desde hace cinco horas aproximadamente. Parte del hall ha quedado encharcada, el agua ha conseguido penetrar también por las ventanas, que, aún cerradas, el viento ha conseguido abrirlas. He tapiado las que he podido. Me encuentro en estos momentos en el sótano, donde tengo montado mi laboratorio.

En fin, creo que es el día perfecto para mi gran proyecto.

Estoy entusiasmado, ansioso… bueno, la cantidad de adjetivos que podría citar para expresar mi estado en estos momentos son infinitos. Me encuentro frente al cuerpo, tapado con una sábana blanca, pero la sangre ha conseguido mancharla.

Aquí voy a hacer lo nunca conseguido, ni siquiera imaginado, voy a crear una vida humana, sí, como el mismísimo Dios. Muchos rechazarán esta idea, pero yo creo en mí mismo y en mi ética.

Mis experimentos con animales y plantas han sido exitosos. Pero una vida humana… es algo más complejo.

He utilizado miembros de distintos cadáveres para que este sujeto alcance la perfección, que sea un súper hombre, por  encima de la especie de los seres naturales. Hoy es el día, lo sé.

Mi mente no crea proyectos tan fantásticos, los pare. Cada vez que tengo una idea no es una simple ocurrencia, es una creación que mi mente ha estado gestando, y de repente se produce el parto.

Recuerdo el día de tu nacimiento con pelos y señales, y hoy te encuentras frente a mí, el día de tu despertar.

El clima ahí afuera sigue igual, adoro estas noches de lluvia y truenos, siempre he sido algo huraño, algo asocial, pero no por ello me infravaloro; es más, mi ego es enorme y no me veo capaz de entablar relación con el resto del mundo mediocre. También citar que ellos también me han dado la espalda, así que genial, ha sido algo de mutuo acuerdo. Pero en mi interior quiero que la poca gente culta que da sentido a la vida me valore y valore todas mis aportaciones a la medicina y a la ciencia, y con este ser me culminaré por encima de ellos. Los he retado sin que se enteren, y de repente verán con sus propios ojos quién ha ganado la partida. Yo, el Dr. Victor Frankenstein, pasaré a los anales de la historia como uno de los más espléndidos seres que la vida ha concebido. El don de dar vida se me ha asignado a mí y a nadie más.

2º relato (de 9) concursante del IV Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2018-

SUJETO NÚMERO DOS
Natón

Querido hijo, te escribo esta carta porque estaré unos días fuera de casa. Me has pedido una compañera, y te la voy a crear. Pero también me comentaste el otro día que querías un amigo de tu misma naturaleza, alguien que te pueda comprender mejor que yo, a la vez que una amante, y me pregunto, ¿por qué no crear ambos seres en uno?

Solamente necesitaré miembros de cuerpos de ambos sexos. No sé qué personalidad desarrollará al darle vida, pero estoy convencido de que será un ser maravilloso. Si tu creación fue mi mayor logro, ésta sin duda alcanzará la perfección. Un híbrido entre hombre y mujer, entre lo masculino y lo femenino, qué maravilla.

Espero que te enamores tanto de este nuevo sujeto como lo estoy yo de la idea de llevarlo a cabo.

Recuerda, no salgas de casa. Llegaré pronto con todo lo necesario para ponerme manos a la obra con este nuevo proyecto.

Papá, Víctor Frankenstein.

1er relato (de 9) concursante del IV Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2018-

MONÓLOGO MORAL DEL DOCTOR VÍCTOR FRANKENSTEIN
Natón

Nunca he sido un hombre de fe. Mis proyectos siempre han ido más allá de la ciencia conocida. Mis experimentos con animales me han hecho plantearme moralmente si lo que hago está bien o no. En fin, lo hecho, hecho está. Bastante he pagado, un pulso conmigo mismo, contra lo que soy, lo que quiero ser y a donde quiero llegar. Cómo no citar las pesadillas y la falta de sueño. Me desvinculo totalmente de la ética establecida, y comienzo este proyecto. Mis conocimientos en anatomía me dejan reconstruir una persona, muerta, claro. Colocar órganos sueltos por aquí, un brazo por allá… Pero mi intención no es solamente dar vida a un individuo, no. Debe ser el individuo, más allá de un ser humano, por lo que utilizaré las mejores partes que consiga de cadáveres, crearé un hombre tan perfecto que incluso el mismo Dios me envidiará, un hombre que a su paso por la Tierra desprenda toda su gloria; bueno, la mía, la del Gran Doctor Frankenstein, que ha retado al Creador y ha ganado la partida. Pero cómo, qué energía, qué utilizar para que mi súper hombre sin vida pueda levantarse. Será un proceso largo, pero asumo el reto, mi reto. Seré el mejor doctor de la Historia, mi nombre será recordado hasta el final de los tiempos, el Doctor Víctor Frankenstein.