Instinto de supervivencia
JL Belloq
Aquella casa se encontraba aislada del mundo, como yo. Estaba asentada sin mucha convicción en la vaguada, entre dos elevaciones del terreno tras las que se guarecía del viento impertinente de los llanos. Al fondo, se divisaba la silueta rota del puente romano, que cruzaba sobre el lecho seco.
El edificio era una construcción sobria de dos plantas, de ladrillo el interior, de piedra el exterior. La ruina se había hecho con él y lo había convertido en un cascarón reseco abierto por el tejado. Los desprendimientos habían acumulado en el piso superior montones de escombros de la techumbre. No obstante, algunas paredes aguantaban y sostenían una parte de la cubierta suficiente para proteger de la intemperie la planta baja, lo suficiente para mantener la ilusión de que ese lugar podía ser mi hogar.
La obra no era un ejemplo de albañilería seria: los ángulos rectos eran meras aproximaciones; la horizontalidad de los suelos, una ilusión; los materiales, dudosos. La cámara intermedia no había sido sellada con ningún aislante, por lo que en ese estrecho espacio que envolvía toda la construcción se había desarrollado un ecosistema que, según mis observaciones casuales, incluía al menos insectos y otros artrópodos en número infinito; ratas y ratones de tamaños variados; y serpientes, que accedían por los intersticios entre las piedras a la busca de presas fáciles.
Ahora que mi imaginación no estaba sujeta a los lastres de las relaciones personales ni la vida ajetreada de la ciudad, con su miríada de ocupaciones tan triviales como innecesarias, me dedicaba a observar y pensar, e intentar escribir sobre ello. Me imaginaba a mí mismo como el residente de una suerte de mansión lovecraftiana repleta de secretos por descubrir, el último hombre sobre la tierra después de la devastación, un criminal perseguido, escondido tras una máscara de misantropía… Pensamientos de esta índole eran para mí un desahogo de la imaginación, un respiro mental frente a la ubicua realidad.
Hace unos pocos años, había comenzado a dormir mal a causa del calor de aquel verano inusualmente cálido y seco. El refresco de la noche me estaba vedado, pues mosquitos, polillas y mantis religiosas sitiaban la casa, acechando desde detrás de las ventanas a la espera de una rendija por la que precipitarse hacia la luz del interior. Las pesadillas comenzaron a asaltarme con tanta frecuencia que apenas conciliaba el sueño, y con tanta verosimilitud que me despertaba nervioso y desasosegado.
Por suerte, el otoño se acercaba, por fin. Esos últimos días del estío el ambiente se cargó de estática, lo que presagiaba una inminente tormenta de verano, de esas que dan fin oficioso a la estación. El aire olía a óxidos metálicos. El cielo, sin nubes, había tornado el azul luminoso en un gris azulado deprimente en cuyo fondo el propio sol mostraba sus contornos difuminados.
Esa tarde, la brisa desapareció de golpe, y con ella la habitual algarabía de los pájaros, que parecían haber sido disecados en las ramas, en los cables y en lo alto de las alambradas. El silencio repentino era casi sólido. Incluso la propia casa parecía atenta, expectante. Había omitido los ruidos con los que solía azuzar mis nervios en la quietud del atardecer, antes de la caída de la noche: los crujidos continuos de la madera; los golpeteos de piedrecillas desprendidas, rebotando entre los ladrillos; los zumbidos de los bichos atrapados entre los muros; los pasos apresurados de animales de varias patas y el roce sobre el cemento de otros sin ellas; los chasquidos del hierro dilatado por el calor. Una sintonía de sonidos dignos de las viejas películas de terror en blanco y negro.
Esa tarde, sin embargo, era como si toda la construcción estuviera conteniéndose, como si retuviera el aire a la espera del regreso del viento y del escándalo de los pájaros a la caída del sol.
El eco de un trueno lejano rompió el hechizo. Inhalé con fuerza, pues yo también había dejado de tomar aire esos últimos instantes. La tormenta comenzaba en alguna parte, no muy lejos. Me acomodé frente al ventanal del salón, la única estancia razonablemente aislada del viento y del agua, dispuesto a disfrutar del espectáculo de la lluvia torrencial y a dar también la bienvenida al frescor y la humedad del otoño.
La calma se disipó con el primer soplo de viento. Los pájaros se estremecieron perceptiblemente: una especie de vibración sincronizada se transmitió por ramas, cables y alambradas. Las primeras ráfagas de agua golpearon la fachada con violencia. Era otra tormenta de verano, me dije, una más. Pero la casa permanecía obstinadamente en silencio bajo el aguacero, en una quietud impropia de un edificio aquejado de vejez, acostumbrado a la amalgama de crujidos, zumbidos, golpes y rechineos de los de su especie. El viento y el agua se abatían ya con saña sobre el tejado y la cara norte, donde las ventanas contenían a duras penas los embates continuos de los elementos. El ruido en el exterior debía ser atronador, a pesar de que la tormenta acababa de llegar y aún estaba lejos de su plenitud.
Un estremecimiento profundo se superpuso a todo, un sonido grave y potente que no procedía de fuera, sino de dentro de la casa. Lo sentí, más que escucharlo, bajo mis pies. Algo se estaba moviendo por debajo del suelo, a pocos metros, y me temí lo peor: un terremoto que pondría toda la vaguada y sus terraplenes del revés y sepultaría la casa y a mí con ella; un corrimiento de tierras, una falla que se deslizaba hasta tumbar la casa y destrozarla con su propio peso; o un enorme agujero, una gruta, un acuífero… cualquier cosa que se la pudiera tragar entera con todo lo que contenía, incluido yo mismo.
El sol del ocaso había desaparecido tras la cortina de agua. La lámpara del techo, única luz que mantenía encendida, se apagó sola y todo, fuera y dentro, quedó en penumbra. Al ruido ensordecedor se sumó una intensa vibración que se transmitía a mi cuerpo desde el suelo. Una pared se agrietó, un vidrio se hizo añicos. La casa se desmoronaba, y yo, ensimismado con el espectáculo, me demoraba en el interior cuando debería estar corriendo afuera, por mi vida.
La parte del techo que sostenía la lámpara cedió y cayó, y con ella parte de los escombros acumulados en la planta superior. La cámara del muro quedó al descubierto y, por la abertura, se desbordó una ola de roedores presas del pánico. Me uní a ellos en la huida, y unos segundos después escalaba el terraplén rodeado de ratas y ratones que ascendían, como yo, al lugar próximo más elevado.
La tormenta era ya un torrente de agua vertical. Grandes vórtices rodeaban la casa y desprendían tierra y restos de vegetación reseca, que giraban sin parar y se desperdigaban por todas partes. Aquello no sería el fin del mundo, pero era serio. Abajo, en la hondonada, el ruido era de tal magnitud que superaba al del aguacero, y el fuerte temblor que me había hecho salir afuera se notaba todavía en lo alto, donde me encontraba. No tenía ningún sitio donde guarecerme de la lluvia, aunque mi ropa no podía retener ya más agua y el barro pegado durante la ascensión pesaba más que yo mismo. Al menos, las ratas se habían escabullido y no quedaba ni rastro de animales, solo alguna culebra rezagada y los pájaros, que parecían clavados en sus ramas, cables y alambres.
La agitación en la zona de la casa la hizo estremecerse: se iba a derrumbar. ¿Cómo era posible tal coincidencia, un terremoto y una tormenta simultáneos? ¿Qué había hecho yo? ¿Me habría mirado un tuerto cuando subí al pueblo? ¿Iba a perder mi refugio?
Desde lo alto del terraplén contemplé hipnotizado cómo el edificio entero escoraba a un costado. La tierra salió despedida desde debajo y unos cimientos precarios, como una herida de hueso descarnada, quedaron a la vista. Pero la casa aguantaba. A continuación, comenzó a hundirse del otro lado. Otro montón de tierra voló y otro tramo de hormigón quedó al descubierto. La inclinación previa cesó y se invirtió. Ahora, el lado hundido se estaba elevando, tanto que temí que toda la construcción fuera a volcar.
Por debajo del cimiento se podía ver ahora la capa de rocas del subsuelo. Lo que vi entonces, a pesar de la lluvia incesante, del barro que lo impregnaba todo y de la escasa luz que llegaba de la parte del puente, me aterró. La casa se rehizo. Trozos de tejado y grandes fragmentos de la pared de piedra se iban desgajando al tiempo que el edificio entero había empezado a desplazarse. Y no era el efecto de un corrimiento de tierra, no: de repente, esa casa se estaba moviendo por la cuesta; la casa monstruosa estaba ascendiendo por sus propios medios.
El primer paso de su andadura dejó un enorme socavón que llegaba hasta donde los cimientos habían encontrado la roca sólida donde sustentarse. El subsiguiente desplazamiento creó un rastro en forma de trinchera a lo largo de una línea ascendente. Colosales patas de cemento y piedra se estaban separando del suelo para volver a hundirse varios metros más arriba. Rocas y ladrillos desmenuzados jalonaban la ruta de ascenso, que pasaba a pocos metros de mi posición.
Era una visión de pesadilla en un ambiente de pesadilla. El ruido que generaba la piedra en movimiento era atronador, y se superponía al de la propia tormenta y a los truenos de unos rayos que se generaban ahora encima de mi cabeza.
En unos pocos minutos más la casa llegó a la cresta del terraplén y se detuvo. La mole descargó su peso colosal en la tierra empapada, donde se hundió y pareció hacer un gesto de acomodo casi humano. Quedó algo inclinada, hincada al final del largo surco labrado en la ladera que ya empezaba a desaparecer por causa del barro que se deslizaba en torrentes desde lo alto.
En medio de toda esa locura, otro sonido llegó a mi cuerpo a través, de nuevo, de las vibraciones del suelo. Esta vez sí es un terremoto, me dije. Imaginé que se abría la tierra y se tragaba la casa y todo su entorno, y que yo sería a partir de entonces el típico loco del que se ríe todo el mundo por contar la historia increíble de una vivienda que había trepado por una pendiente.
El miedo me hacía temblar más que el frío. El nuevo ruido fue creciendo y creciendo de forma sostenida. Tuve la impresión de que esta vez procedía de otra dirección y miré hacia el puente romano, que ya no era visible. Había desaparecido en cuestión de segundos, sepultado bajo un mar de agua turbulenta que se acercaba en mi dirección a toda velocidad. Era una gran ola gigante de agua embarrada que arrastraba una ingente cantidad de objetos indeterminados, pronto identificados como árboles y coches, entre otras cosas. Algunas piedras enormes rodaban ante los violentos embates de la masa líquida justo antes de desaparecer bajo ella.
Era la riada, conducida por el terreno a través de la vaguada, a lo largo del antiguo cauce del riachuelo. El agua desbordada había encontrado su camino natural, y el torrente incontrolado pasó tronando a pocos metros por debajo de mí, lamió la parte baja de la casa, medio deshecha, arrojando troncos y vehículos contra los restos del hormigón. El caudal llegó al máximo y remitió unos minutos después; el nivel de agua empezó a descender a gran velocidad y, casi en el mismo tiempo que había tardado en llegar, desapareció casi por entero, dejando como recuerdo una versión sucia y revuelta del antiguo riachuelo.
Y, junto a ella, una decena de metros más arriba, la casa. Y a su lado, yo, estupefacto, admirado, asustado, todo a la vez. Haciendo buen uso de mi conocida flema, me recompuse, ordené mis pensamientos y, saltando entre el barro y los escombros, entré de nuevo en el edificio. Los destrozos eran graves, pero no insolubles. Me desvestí, busqué ropa seca y una toalla, y pocos minutos más tarde miraba por el ventanal en dirección al puente romano, incólume. Y, con gran satisfacción para mí, me sentí seguro, mucho más seguro que antes del episodio vivido, pues ahora sabía que vivía en una casa que, peculiaridades aparte, gozaba de un sano instinto de supervivencia.
