{"id":247,"date":"2015-03-24T00:40:41","date_gmt":"2015-03-23T23:40:41","guid":{"rendered":"http:\/\/circuloludofago.com\/wordpress\/?p=247"},"modified":"2019-08-24T11:04:26","modified_gmt":"2019-08-24T09:04:26","slug":"las-puertas-relato","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/circuloludofago.com\/wordpress\/2015\/03\/las-puertas-relato\/","title":{"rendered":"Las puertas (relato)"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>La\u00a0odisea de un\u00a0anciano en lucha contra los terrores m\u00e1s ancestrales y los m\u00e1s mundanos,\u00a0con el estilo barroco de un nuevo\u00a0colaborador\u00a0del\u00a0C\u00edrculo del Lud\u00f3fago (JLBelloq, C\u00edrculo del\u00a0Lud\u00f3fago)\u00a0<\/em><\/p>\n<h2 style=\"text-align: justify;\"><strong>Las puertas<\/strong><\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em>por Luis N\u00fa\u00f1ez, para Cira<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Las nubes comenzaban a caer con su enorme peso, oscuras, gigantescas. Como una manada de humo, se arremolinaban contra la tierra ti\u00f1\u00e9ndolo todo con su espesa capa de negrura, engullendo a la colina y con ella a la atalaya que se ergu\u00eda en lo alto con su perfil decadente y monstruoso, vig\u00eda perenne e insomne del transcurrir perpetuo de las horas, los a\u00f1os, los siglos. Sus agrietadas piedras aguantaban estoicas la brutal embestida del viento que arremet\u00eda contra las almenaras de su cima y que, correoso, recorr\u00eda como una algazara sus entra\u00f1as hasta acabar reventando como un aullido avernal en la derruida entrada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Eduardo, cabrero, hijo y nieto de cabreros, se aferr\u00f3 a su garrote de casta\u00f1o y mir\u00f3 a su reba\u00f1o. Las cabras comenzaban a arremolinarse unas con otras, en el centro las cabras viejas y las chivarras, las fuertes y el macho en primera l\u00ednea aguantando el golpe del temporal, gesto ancestral de salvaguarda anclado a su instinto.\u00a0 Los \u00faltimos esbozos de claridad comenzaban a borrarse a pinceladas, era necesario buscar el resguardo del pueblo antes de que estallara la tormenta. Silb\u00f3, como le hab\u00eda ense\u00f1ado su padre y a \u00e9ste el suyo. El agudo silbido fue rebotando por entre las laderas hasta perderse en la negrura del valle;\u00a0 al escucharlo, el reba\u00f1o emprendi\u00f3 el camino de regreso, agachando la cabeza para que los primeros copos de nieve no les impidieran ver el camino, guiados por el gran macho cobrizo que abr\u00eda camino adentr\u00e1ndose en las fauces de la tormenta. <!--more-->Eduardo segu\u00eda el caminar cierto de su reba\u00f1o, pero sus piernas, maneadas por\u00a0 la torpeza propia de su edad, le hac\u00edan resbalar y caer una y otra vez contra el barro. M\u00e1s all\u00e1 de amedrentarse, se levantaba con toda la rapidez que le permit\u00edan sus huesos y emprend\u00eda de nuevo el camino. Tras andar fatigosamente un par de kil\u00f3metros, vio c\u00f3mo de entre la cortina de nubes surgian las primeras luces del pueblo de Morera: su destino estaba cerca.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El pueblo permanec\u00eda en silencio, la luz de las farolas te\u00f1\u00eda con un halo amarillento las encaladas paredes de las casas. Las chimeneas vert\u00edan por su boca desdentada borbotones de humo de le\u00f1a de encina, que se derramaba sobre las rojizas tejas hasta entrelazarse con las \u00a0nubes bajas. Ese olor a lumbre le hac\u00eda sentirse al cabrero confortable, a resguardo, ya estaba en casa. Mientras, al escuchar el repicar de las esquilas de sus cabras rebotando por las paredes de las casas y corriendo las cortinas, sus paisanos le saludaban al pasar; siempre lo hac\u00edan al escuchar el tintineo del reba\u00f1o, m\u00e1s que para observar aquel desfile tantas veces repetido, para asegurarse de que el viejo cabrero regresaba nuevamente a casa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Eduardo se adelant\u00f3 al reba\u00f1o y mientras \u00e9ste esperaba en la calle, \u00e9l abri\u00f3 la cancela y carg\u00f3 dos alpacas de forraje en la vieja carreta de madera que se quejaba a cada paso con un chirriar estrepitoso, esparci\u00f3 las alpacas por los comederos met\u00e1licos y abri\u00f3 la puerta de la cerca.\u00a0 En ese momento el orden perfecto en el que se hab\u00eda mantenido el reba\u00f1o se rompi\u00f3 y de forma convulsiva las cabras corrieron a coger el mejor pedazo de forraje; primero llegaron las nuevas, las chivas y el gran macho; despu\u00e9s, renqueantes, llegaron las viejas, que com\u00edan del suelo las hojas secas que ca\u00edan de entre el bullicio, algo m\u00e1s digeribles para sus desgastados dientes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Eduardo encendi\u00f3 el candil y se apoy\u00f3 en su garrote, observando maravillado aquel espect\u00e1culo de an\u00e1rquica gula. Mir\u00f3 a la calle y lo que antes eran copos desparramados ya se convert\u00eda en una espesa nevada. Pronto un dolor como un rel\u00e1mpago le recorri\u00f3 la espalda, en una de sus \u00faltimas ca\u00eddas se hab\u00eda hecho mucho da\u00f1o;\u00a0 suspir\u00f3, s\u00f3lo deseaba darse un buen ba\u00f1o caliente y cenar algo. Pero justo antes de entrar en la casa un pensamiento le pas\u00f3 como una r\u00e1faga , hab\u00eda algo que no cuadraba. Volvi\u00f3 sobre sus pasos hasta la caba\u00f1a donde estaban las cabras; a pesar de superar el centenar, de un vistazo supo que faltaba alguna. Mentalmente las agrupaba por familias , eso le hac\u00eda repasar r\u00e1pidamente todo el reba\u00f1o.\u00a0 De pronto faltaba el eslab\u00f3n de una de las cadenas de las familias, una cabritilla. La busc\u00f3 una y otra vez en aquel barullo pero no la encontr\u00f3, entonces se sobrecogi\u00f3, se hab\u00eda quedado atr\u00e1s. Como todo el mundo sabe la cabra no soporta la soledad ni la intemperie, menos a\u00fan cuando la nieve y el viento barren el terreno. Eduardo repas\u00f3 r\u00e1pidamente cualquier saliente o recoveco, cualquier cueva, cualquier mancha tupida que hubiera en el camino que hab\u00edan recorrido hasta casa. Pero no encontr\u00f3 ninguno, su intuici\u00f3n alimentada con la experiencia de a\u00f1os de pastoreo le hizo pensar que en caso de no haber sufrido ning\u00fan da\u00f1o se encontrar\u00eda en la atalaya. Eduardo la mir\u00f3, all\u00ed permanec\u00eda en lo alto, barnizada por la nevada y emergiendo fantasmag\u00f3rica entre la luz azulada de la luna nueva.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 A pesar de que el dolor se iba apoderando poco a poco de su cuerpo, a pesar del fr\u00edo que\u00a0 se le tatuaba en los huesos, se entremeti\u00f3 la camisa de interior y se ci\u00f1\u00f3 fuertemente el cintur\u00f3n, cogi\u00f3 el traje de agua que, como una pantaruja, colgaba en un remache de la caba\u00f1a, y se lo puso con toda la rapidez que pudo, encendi\u00f3 el candil y se adentr\u00f3 en el alma de la tormentosa noche.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Una ventisca lo envolvi\u00f3 nada m\u00e1s comenz\u00f3 a andar, el fuerte viento le golpeaba de manera incesante con gran violencia, impidi\u00e9ndole pr\u00e1cticamente caminar. Habiendo pasado mucho tiempo, a\u00fan no hab\u00eda conseguido salir del pueblo. Por la intensa nevada, ni tan siquiera llegaba a distinguir las propias casas del pueblo, solamente la cada vez m\u00e1s tenue luz de las farolas le indicaba que el pueblo estaba all\u00ed. Eduardo no tem\u00eda a la oscuridad, ni tan siquiera a la tormenta, ni al fr\u00edo, su temor m\u00e1s absoluto eran los gamusinos. En noches de fr\u00edo denso como aquella, en esas primeras noches de invierno, los gamusinos sal\u00edan del letargo de sus madrigueras y entonaban su canto de apareamiento, saltando de un risco a otro; el canto de esos espantos hac\u00eda enloquecer a todo aquel que lo escuchaba, su cantar se met\u00eda tan hondo en la cabeza que todo aqu\u00e9l que lo escuchaba nunca m\u00e1s pod\u00eda sac\u00e1rselo de dentro. La \u00fanica forma de poder ahuyentarlos era la luz, por eso las luces del pueblo de Morera permanec\u00edan encendidas todo el d\u00eda, ya que en los d\u00edas cerrados de invierno la luz del sol casi no llegaba a te\u00f1ir las calles. Ese era el miedo de Eduardo, no sab\u00eda si la tenue pero constante luz de su candil ser\u00eda suficiente para ahuyentarlos en caso de encontrarse alguno por el camino; adem\u00e1s, la ventisca era tan fuerte que deb\u00eda proteger la llama con su mano, por lo que la luz que se proyectaba en la oscuridad del sendero no era pr\u00e1cticamente alguna. En aquella oscuridad, con el golpeo incesante del viento, la nieve, los ruidos se magnificaban, un crujir de ramas le hac\u00eda estremecerse por completo, sent\u00eda como si algo lo estuviera observando en la cercan\u00eda. Muchas eran las leyendas que se prodigaban por aquellos lugares, lobishomes, pantarujas, santa compa\u00f1a; \u00e9l, en todos sus a\u00f1os de vida, no hab\u00eda visto jam\u00e1s nada extraordinario, o m\u00e1s bien cada vez que hab\u00eda visto algo semejante siempre lo hab\u00eda vestido con realidad, no era hombre de raras creencias. Pero en aquel momento todas se le agolparon, y en un miedo casi infantil, por un momento se par\u00f3 y no supo bien si seguir adelante o salir corriendo hacia el refugio de su hogar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La atalaya ya no estaba lejos, pens\u00f3 en la chivarra desamparada, sola, tiritando de fr\u00edo y empapada, no pod\u00eda dejarla all\u00ed a expensas de una muerte segura. Apret\u00f3 los dientes y con firmeza sigui\u00f3 caminando, mientras sus piernas se hund\u00edan cada vez m\u00e1s en la profunda nieve; aquello le trajo a la mente a su padre, hac\u00eda ya demasiados a\u00f1os para ser recordado, demasiados a\u00f1os para recordar cu\u00e1ndo fue, en aquellos d\u00edas en los que cuando la nieve comenzaba a caer iban a hacer pic\u00f3n para calentarse en el duro invierno\u2026 su padre. Con estos pensamientos lleg\u00f3 a su destino,\u00a0 la figura de la atalaya emerg\u00eda como un espectro entre la tupida nevada, haciendo que su figura fr\u00eda e inerte paralizara a cualquiera. Eduardo se apoyo en el quicio de la entrada para tomar aliento, sent\u00eda c\u00f3mo su barba estaba completamente helada y al respirar el aire le segaba los pulmones. Trag\u00f3 saliva y se sumergi\u00f3 en la oscura gruta, el olor a humedad hac\u00eda que el aire fuera casi irrespirable, el gotear de alg\u00fan conducto, la oscuridad envolvente, todo hac\u00eda que aquel lugar fuera a\u00fan m\u00e1s desalentador que la tormenta de fuera. Al entrar, la luz del candil garabate\u00f3 las paredes con luz, se par\u00f3, trat\u00f3 de escuchar, pero el viento era tan fuerte que lo \u00fanico que sonaba era su aullido, el traquetear de alguna desvencijada ventana. Comenz\u00f3 a llamar a su chivarra como se llama el ganado, con ese lenguaje extra\u00f1o, universal, ancestral, pero no escuch\u00f3 nada, fue tanteando el suelo con su garrote y adentr\u00e1ndose en las entra\u00f1as de la atalaya, achinando los ojos en una excusa vana por tratar de distinguir alguna figura. De pronto un enorme estruendo resquebraj\u00f3 el cielo y un rayo cay\u00f3 sobre una de las encinas que rodeaban la atalaya; Eduardo cay\u00f3 al suelo creyendo que se derrumbaban las paredes, mir\u00f3 hacia atr\u00e1s y observ\u00f3 c\u00f3mo el fuego consum\u00eda voraz la desdichada encina. Al levantar la cara pudo ver c\u00f3mo all\u00ed, en una esquina, se encontraba aqu\u00e9lla a quien hab\u00eda venido a buscar, llena de temor, de miedo, tiritando, acostada en el suelo, con la cabeza metida entre las patas y la barriga. Sonri\u00f3, bien por encontrarla, bien por la imagen esperp\u00e9ntica del animal, se levant\u00f3 con la destreza que pudo y comenz\u00f3 a llamarla con un tono c\u00e1lido mientras\u00a0 se acercaba a ella, no quer\u00eda que un susto la hiciera salir corriendo, bien por miedo a perderla otra vez, bien porque a \u00e9l ya le abandonaban las fuerzas. El animal, al sentir aquel sonido, levant\u00f3 la cabeza, pero era tal el miedo que la cubr\u00eda que ni tan siquiera tuvo fuerzas para levantarse; Eduardo se acerc\u00f3 a ella y la recogi\u00f3, tante\u00f3 con sus manos encalladas el cuerpo del animal por si ten\u00eda alg\u00fan hueso roto, alguna herida, pero no encontr\u00f3 nada, afortunadamente se encontraba bien. Se abri\u00f3 el traje de agua y con un cordel se amarr\u00f3 el animal al cuerpo, volvi\u00f3 a ponerse la chaqueta del traje y le dej\u00f3 que asomara la cabeza. El dolor del costado, mudo hasta entonces, volvi\u00f3 a hacerse sentir, pero ya nada importaba, ahora solo quedaba abandonar aquella trampa de piedras y comenzar el camino de regreso hacia el abrigo de su hogar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Al salir de nuevo al campo observ\u00f3 c\u00f3mo la\u00a0 ventisca segu\u00eda azotando, las lenguas de fuego de la encina bailaban con el golpear constante del aire, por un momento pens\u00f3 en calentar sus entumidas manos con aquella hoguera , pero el miedo volvi\u00f3 a recorrerle el cuerpo cuando un extra\u00f1o sonido se dej\u00f3 caer a lo lejos; comenz\u00f3 a andar lo m\u00e1s r\u00e1pido que pudo\u2026 el canto del gamusino. Se apoyaba en el garrote con fuerza, con la otra mano agarraba al animal y trataba de que la llama del candil no desfalleciera, cada dos pasos miraba hacia atr\u00e1s, el miedo se estaba apoderando de \u00e9l, ese era el primer paso a la locura y lo sab\u00eda bien por su propio abuelo, que hab\u00eda ca\u00eddo en las garras de aquel canto maldito. Camin\u00f3 y camin\u00f3, a\u00fan sintiendo el dolor de su costado, la pesadez en sus pulmones por el aire helado, pero sab\u00eda que deb\u00eda caminar, seguir caminando sin mirar m\u00e1s atr\u00e1s; la nieve le golpeaba, el viento le levantaba la chaqueta, la nieve se le met\u00eda por su espalda dolorida, el viento lo zarandeaba, como si fuera un pelele en manos de un ni\u00f1o travieso. Cre\u00eda desfallecer, cre\u00eda que en el siguiente paso caer\u00edan \u00e9l y su animal a expensas \u00a0de la locura, pero si hay algo que la gente del campo sabe es sobrevivir; una fuerza se apoder\u00f3 de sus piernas y las hizo clavarse fuertemente en la nieve, levant\u00f3 la cabeza y mir\u00f3 al frente, a\u00fan no ve\u00eda las luces del pueblo, pero sab\u00eda que all\u00ed estaba su destino; as\u00ed pues aliger\u00f3 el paso para que aqu\u00e9l no fuera su \u00faltimo d\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">De pronto, como si fuera producto de una aparici\u00f3n m\u00e1gica, en mitad del camino atisb\u00f3 a ver una enorme figura envuelta entre la ventisca; se par\u00f3 de inmediato, los latidos de su coraz\u00f3n retumbaban con ligereza, su boca abierta exhalaba vaho que se confund\u00eda con la nieve. Acerc\u00f3 el candil hacia la figura, entonces unos ojos verdes se clavaron en los suyos, la luz fue apoder\u00e1ndose de la figura de aquel ser espectral hasta dejar ver la presencia de un enorme lobo negro, tan alto como un hombre, tan grande como un toro. La bestia camin\u00f3 lentamente hacia \u00e9l; el sonido que produc\u00edan sus enormes garras al hundirse en la nieve hizo que el miedo recorriese el cuerpo de Eduardo como si fuera fiebre. <em>No tengas miedo<\/em>, se dec\u00eda, no <em>tengas miedo<\/em>, se repet\u00eda, pero era imposible no hacerlo. La enorme cabeza de la bestia se le acerc\u00f3 de frente; quiz\u00e1s por el miedo, quiz\u00e1s por el fr\u00edo, quiz\u00e1s una mezcla de ambas cosas, hizo que Eduardo comenzara a temblar como no recordaba haberlo hecho nunca. Por un momento pens\u00f3 en tirar el candil al suelo, coger la navaja que guardaba en su bolsillo y clav\u00e1rsela a la bestia en uno de sus enormes ojos; al menos eso le dar\u00eda un tiempo para poder salir corriendo, pero sab\u00eda que sus manos estaban demasiado atrofiadas por el fr\u00edo y los a\u00f1os como para poder desenvolverse con soltura. Adem\u00e1s, sin luz quedar\u00edan a expensas de los gamusinos, y no ten\u00eda certeza de que la bestia, en caso de ser herida, huyera en lugar de atacarle. Estaba inmerso en estos pensamientos cuando el c\u00e1lido e hiriente sonido del rechinar en los dientes de los gamusinos le rapt\u00f3 toda la atenci\u00f3n, sonaban demasiado cerca, all\u00ed se ve\u00eda \u00e9l entre dos miedos que le paralizaban, entre la certeza de poder morir en las fauces de aquel monstruo que le miraba fijamente, o la certeza de morir despe\u00f1ado v\u00edctima de la locura del canto de los gamusinos. Pero, de repente, con la ligereza propia de un amanecer, la bestia, tal y como hab\u00eda aparecido, fue desapareciendo, siendo borrada por la ventisca; tan pronto se le ve\u00eda, tan pronto se le intu\u00eda, tan pronto se le recordaba, como envuelta en una s\u00e1bana de nieve y viento, dejando como rastro solamente el zarandear de los matojos de la mancha que a su paso dejaban caer la nieve que los cubr\u00eda. Eduardo permaneci\u00f3 all\u00ed quieto durante un tiempo, quiz\u00e1s por el miedo, quiz\u00e1s por el fr\u00edo; se sent\u00eda petrificado, como alienado, las piernas no respond\u00edan, ni sus brazos. Por un momento se vio a s\u00ed mismo all\u00ed, en mitad de la nada, quieto, como un macabro espantajo de nieve.\u00a0 Fue un brusco movimiento de la chivarra lo que le hizo volver a la realidad y, como un resorte, comenz\u00f3 a correr aunque maneado por el fr\u00edo y el miedo que le hab\u00eda agarrotado; la cabritilla se refugiaba como pod\u00eda entre las ropas y su peso se le hac\u00eda a \u00e9l cada vez m\u00e1s inaguantable. Sent\u00eda como si el aliento de la bestia le persiguiera, pero su angustia era tal que le imped\u00eda mirar hacia atr\u00e1s, los ruidos le rodeaban desde la lejan\u00eda hasta llevarle al p\u00e1nico, la niebla le envolv\u00eda, la tenue luz de su candil no era m\u00e1s que una leve llama entre aquella ceguera perpetua. La lejan\u00eda regaba los o\u00eddos del cabrero con el silbar previo al canto de los gamusinos, todo se arremolinaba en su mente, pero, en lugar de paralizarlo, ahora, por un instinto primigenio de supervivencia, le hac\u00eda aligerar el paso con rapidez.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Mientras caminaba ning\u00fan otro pensamiento recorr\u00eda su mente mas all\u00e1 que el de caminar, el de seguir adelante, a pesar del fr\u00edo que le calaba el cuerpo, a pesar de tener entumecidas las manos, a pesar de que el candil lanzaba sus \u00faltimos fogonazos, a pesar de que la cabritilla comenzaba a berrear , a pesar de notar c\u00f3mo tras de s\u00ed los cantos de los gamusinos comenzaban a romper la monoton\u00eda del profundo aullido de la ventisca. Por fin, a lo lejos, atisb\u00f3 borrosamente el eco de luz de las primeras farolas del pueblo; fue esa visi\u00f3n la que le hizo recargarse de fuerza, cerr\u00f3 la boca llena de nieve, apret\u00f3 los dientes y afront\u00f3 los \u00faltimos metros hasta su casa. El pueblo permanec\u00eda imbuido en su letargo nocturno,\u00a0 pero mientras que Eduardo avanzaba por la calle principal, su caminar y el berrear de la chivarra hac\u00eda que los vecinos salieran a las ventanas para tratar de encontrar de d\u00f3nde proced\u00eda aquel sonido que romp\u00eda la noche. Al ver al cabrero, Jos\u00e9 el panadero sali\u00f3 a la calle embutido en su bata y despu\u00e9s de arengarle le ayud\u00f3 hasta que lleg\u00f3 a su casa. Eduardo pudo ver c\u00f3mo todo el pueblo sal\u00eda al quicio de la puerta para ver qu\u00e9 suced\u00eda, y en un momento todos sus vecinos le rodeaban para primero ver si se encontraba bien y segundo preguntarle que hab\u00eda pasado. Fue ese gesto, esa sensaci\u00f3n, lo que m\u00e1s le confort\u00f3, m\u00e1s a\u00fan que el dejar a la chivarra con su madre, m\u00e1s aun que el ba\u00f1o caliente y la lumbre de su hogar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El sol comenz\u00f3 a desperezarse cauteloso entre las monta\u00f1as poco a poco, la luz se fue apoderando de la oscuridad que cubr\u00eda el pueblo. La niebla se fue disipando, escapando de los rayos de sol como una manada de fantasmas. La luz rebotaba en la blanca nieve hasta reflejarse en las encaladas paredes de las casas del pueblo, proyectando un halo que deslumbraba. Eduardo se levant\u00f3 con los primeros rayos de sol de aquel domingo; nada m\u00e1s desperezarse conect\u00f3 la radio, aquellas voces sin rostro comenzaron a apoderarse de la habitaci\u00f3n hasta ir retumbando por las paredes e inundar con su rumor toda la casa. Eduardo no escuchaba aquello que hablaban, solamente sent\u00eda su compa\u00f1\u00eda, la soledad era para \u00e9l el peor de los temores, con ella, con el silencio, su cabeza se inundaba de pensamientos oscuros, de ocasiones perdidas, de futuros inciertos, de personas que ya no volver\u00edan. Por eso necesitaba tener siempre su cabeza ocupada, bien con las voces de la radio, bien con sus cabras, bien con los cientos de libros que poblaban, como hongos, las paredes de su casa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Mientras se vest\u00eda, el viejo cabrero sinti\u00f3 un peque\u00f1o pinchazo en el pecho, la densa mezcla de miedo y esfuerzo del d\u00eda anterior le hab\u00eda pasado factura. Pero \u00e9l, hombre de campo, no le dio mayor importancia, sencillamente era, pens\u00f3 \u00e9l, el achaque de su edad, el quejido de su cuerpo. Fue hasta la cocina y junt\u00f3 los humeantes palos carbonizados hasta hacer nuevamente lumbre, puso a calentar el puchero con el caf\u00e9 y el caldero con las migas, golpe\u00e1ndolas secamente con la espumadera para que no se pegaran al fondo del caldero. Mientras desayunaba mir\u00f3 por la ventana, las monta\u00f1as lejanas, nevadas por completo, le observaban como hab\u00edan hecho desde siempre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Cogi\u00f3 su zurr\u00f3n\u00a0 y meti\u00f3 un pedazo de queso, una argolla de chorizo de la matanza del a\u00f1o anterior , la radio y el traje de agua, no quer\u00eda que le volviera a ocurrir lo del d\u00eda anterior. Se puso la chaqueta y sali\u00f3 a la cerca del ganado. Arremolin\u00f3 las cabras en la cancilla de entrada de la caba\u00f1a con un silbido;\u00a0 mirando c\u00f3mo la chivarra extraviada retozaba revoltosa con su madre supo que todo segu\u00eda igual. Las cabras se agolparon inquietas para salir y una vez abri\u00f3 la cancilla el tropel revent\u00f3 en las nevadas baldosas de la calle. Eduardo las guiaba hasta llegar a la plaza del pueblo, donde silb\u00f3 secamente haciendo que el reba\u00f1o se parase. El cabrero se acerc\u00f3 hasta la panader\u00eda, mientras compraba el pan y hablaba con Jos\u00e9 sobre lo que hab\u00eda pasado el d\u00eda anterior, observ\u00f3 c\u00f3mo sus paisanos se arremolinaban en la plaza del pueblo: Bernardino Madera, el vendedor ambulante, hab\u00eda llegado al pueblo, cargando en su furgoneta con miles de artilugios, unos \u00fatiles, otros menos, pero en su mayor\u00eda cosas inservibles y costosas. Eduardo se acerc\u00f3 a la gente; el vendedor, subido en un atril port\u00e1til, ense\u00f1aba un nuevo objeto, la televisi\u00f3n es el futuro, repet\u00eda, podr\u00e9is ver lo que pasa en todo el mundo, con este aparatito se rompen las fronteras de este pueblo, quer\u00e9is ver qu\u00e9 hay m\u00e1s all\u00e1 de las monta\u00f1as, ella os lo mostrar\u00e1, quer\u00e9is ver la gente de otros lugares, ella los meter\u00e1 en casa y todo por menos de lo que pod\u00e1is imaginaros, estar\u00e9is a la vanguardia, con la televisi\u00f3n ya no habr\u00e1 fronteras.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Eduardo sonri\u00f3 mientras la gente se arremolinaba para comprar aquel aparato, la sonrisa del avaro vendedor , cuya leyenda contaba que hab\u00eda vendido a su propia familia por dinero, se agrandaba cada vez que los vecinos dejaban los billetes en sus manos. El cabrero no quer\u00eda saber nada de aquel aparato, a \u00e9l le sobraba con lo que ten\u00eda, no necesitaba nada m\u00e1s y sencillamente prefer\u00eda imaginar con sus libros a permanecer delante de una pantalla sin hacer nada m\u00e1s.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El d\u00eda pas\u00f3 con premura, en invierno las horas de sol son escasas y el cabrero estaba resabiado por lo que hab\u00eda ocurrido un d\u00eda antes. Cuando orden\u00f3 a su peque\u00f1o ej\u00e9rcito el retornar a casa, repas\u00f3 el reba\u00f1o varias veces, y solamente avanz\u00f3 cuando tuvo la certeza absoluta de que todas las cabras se encontraban all\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0Cuando lleg\u00f3 al pueblo, no hubo nadie que mirase por las ventanas, todos estaban imbuidos sentados delante de aquel aparato que hab\u00edan comprado esa misma ma\u00f1ana. El cabrero dej\u00f3 que el reba\u00f1o corriera hasta guarecerse en la caba\u00f1a; antes de salir aquella ma\u00f1ana ya hab\u00eda llenado los dornajos con alfalfa. Una gota fr\u00eda le resbal\u00f3 por la mejilla, comenzaba a nevar nuevamente, mir\u00f3 al cielo enlutado entre oscuridad y nubes cargadas de nieve, y all\u00ed se qued\u00f3 durante un momento observando aquel espect\u00e1culo, vivi\u00e9ndolo, sinti\u00e9ndolo y sonriendo finalmente: <em>esto<\/em>, pens\u00f3, <em>es eterno\u2026\u2026..<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Un par de pasos m\u00e1s adelante comenz\u00f3 a sentir un nuevo pinchazo en el pecho, pero esta vez se hac\u00eda m\u00e1s intenso por momentos, trat\u00f3 de continuar su marcha pero comenz\u00f3 a ver todo borroso, call\u00f3 de rodillas en la nieve, trat\u00f3 de erguirse apoy\u00e1ndose en su garrote, pero un peso le ataba al suelo; grit\u00f3, una y mil veces, grit\u00f3, y sus gritos se extendieron por todo el pueblo, pero sus vecinos segu\u00edan mirando las im\u00e1genes de la televisi\u00f3n ajenos a la tragedia que ocurr\u00eda a unos metros. Eduardo cay\u00f3 sobre la nieve, tratando de gritar ya sin fuerzas, ya sin consciencia, lo \u00faltimo que vieron sus ojos fueron las casas de sus vecinos y sus cerradas puertas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 No se bien quien le encontr\u00f3 al otro d\u00eda cubierto de nieve, solo s\u00e9 que una pena hiriente rapt\u00f3 al pueblo y transcurrieron muchos a\u00f1os hasta que se volvi\u00f3 a escuchar una risa en Morera. \u00a0Un par de d\u00edas m\u00e1s tarde, conscientes sus paisanos de que no hab\u00edan escuchado los gritos desesperados del viejo cabrero por permanecer sentados delante del televisor, los apilaron todos en el centro del pueblo y los quemaron como se hac\u00eda en la noche de San Juan, queriendo as\u00ed, quiz\u00e1s, purificar sus culpas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Ahora, todos los a\u00f1os, el d\u00eda de la muerte de Eduardo una gran hoguera se aviva durante toda la noche en la plaza del pueblo y durante esa noche las puertas de las casas permanecen abiertas, aunque nieve, aunque el fr\u00edo inunde las casas. Quiz\u00e1s esperan el regreso del viejo cabrero de la atalaya, quiz\u00e1s lo hacen solo para purgar su culpa, pero eso es, nada m\u00e1s, lo que todos los a\u00f1os sucede en este pueblo que durante un d\u00eda dej\u00f3 de escuchar la voz de uno de los suyos.\u2663<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La\u00a0odisea de un\u00a0anciano en lucha contra los terrores m\u00e1s ancestrales y los m\u00e1s mundanos,\u00a0con el estilo barroco de un nuevo\u00a0colaborador\u00a0del\u00a0C\u00edrculo del Lud\u00f3fago (JLBelloq, C\u00edrculo del\u00a0Lud\u00f3fago)\u00a0 Las puertas por Luis N\u00fa\u00f1ez, para Cira \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Las nubes comenzaban a caer con su enorme peso, oscuras, gigantescas. 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