9º relato (de 9) -fuera de concurso, Noche de Difuntos 2018-

EL REGISTRO CIVIL DE INGOLSTADT ES ÚTIL
JLBelloq

– Buenas, vengo a inscribir a mi hijo.

– Buenas. ¿Cómo que su hijo? Yo le conozco, es usted ese Frankenstein, y es usted soltero.

– Oiga, yo no vivo aquí, solo estoy por trabajo. ¿Quién le dice que no tengo una esposa en mi casa de Ginebra?

– Mi hija: estas jóvenes casaderas están al tanto de todo, en lo que a hombres se refiere. Hace meses que suspira por usted, y sueña con pescarlo; siempre me dice que lo intenta, pero que usted no se entera de nada y que no le hace caso. Que es usted idiota. Lo dice ella, no yo.

– Bueno, en fin, cosas de mujeres. Lo que yo quiero es inscribir a mi hijo, como ya he dicho, y mi estado civil no viene al caso.

– Lo siento, señor, pero sí viene al caso. Hay que consignar el nombre de los progenitores, de ambos.

– Pues esa es la cuestión, señor registrador, que soy el único progenitor…

– ¿Cómo es eso? No, no me lo diga… Ha tenido usted un desliz y ahora se quiere hacer cargo del recién nacido y mantener en secreto la identidad de la madre, como si lo viera. No, no es usted el primer calavera que viene por aquí, pero sí el primero que se quiere quedar con el animalito para él. Lo normal es pasar de todo y que lo críe ella, como corresponde, que para eso lo ha parido. Ande, váyase, hágame caso; criar niños no es tarea para hombres. Olvide el asunto y venga a cenar a mi casa; le presentaré a mi hija, que está deseosa de conocer a un caballero y darle muchos hijos, que para eso la hemos educado bien.

– Em… No, gracias. Hágame caso usted a mí. Mi hijo es mío y solo mío. Me lo tengo que quedar, no tengo más remedio. Lo hice yo solo, se lo aseguro.

– Pero hombre, ¿cómo va a ser eso? Explíquese.

– Verá, es complicado. Básicamente, cogí trozos aquí y allá y los pegué, y me salió lo que me salió. No es muy guapo, la verdad, pero es que yo soy científico, no artista. En realidad es feo, mucho; horroroso, más bien.

– A ver, a ver, señor Frankenstein, ningún bebé es feo, y menos para su madre… padre en este caso.

– ¿Bebé? No, no, es un tío hecho y derecho. Dos metros y medio, palmo arriba o abajo. Tenía que ser grande, para facilitar el cosido, y encima tiene trozos de más. Igor se hizo un lío con los cadáveres y él no es médico. No entendió mis instrucciones cuando me fui de vacaciones y lo dejé al cargo.

– Vale, vale. O sea, que se ha hecho usted mismo un hijo como si fuera una estantería. ¿Y cuánto tiempo ha tardado en parir la chapuza?

– Pues… No sé… A ver, que eche cuentas: Igor trajo el carromato de cadáveres putrefactos… le expliqué lo que tenía que hacer… luego pasé por el castillo de mi padre a pedirle pasta… el fin de semana que pasé borracho… y me fui a la playa con aquella pelandusca … Sí, total, tres semanas. Veintiún días. Cuando volví, ya estaba montado el puzle y tenía el cuerpo cosido y listo en la camilla. Yo solo lo electrocuté unas cuantas veces hasta que lo oí chillar. Y aquí estoy.

– Veintiún días, como un huevo de gallina… Tiene usted un niño-pollo, básicamente.

– Monstruo-pollo, en todo caso. No se imagina la pinta que tiene, con tanta cicatriz mal cosida. Igor usó dos brazos izquierdos, imagínese el desaguisado; y las piernas eran de dos tíos distintos, una más larga que la otra; le pegó a la más corta un pié extra, para compensar. Como le salió tan grandullón, pensó que necesitaría dos corazones y le puso uno en la espalda, y ahora tiene una joroba palpitante que asusta a todo el mundo; menos a los niños, que la miran embobados y se ríen mucho. Como mi ayudante es estrábico y su madre le inculcó que era guapo, le colocó los ojos de aquella manera, y ahora no puedo saber si me mira o me ignora, por lo que me cuesta educarlo. Tiene dientes de más, dedos de menos, y un estómago de vaca. Creo que esto último no fue intencionado, que Igor puso la compra en el carromato y acabó dentro de la criatura; supongo que luego se haría los callos con las sobras de algún otro cadáver, aunque con lo bruto que es ni se daría cuenta de la diferencia. Y mi hijo, rumia.

– Es… es difícil de imaginar… Al menos le habrá salido inteligente.

– ¿Inteligente, dice? Un listo, en todo caso. No sé dónde habrá aprendido según qué cosas, pero yo no se las he enseñado, se lo aseguro. En cuanto averiguó dónde escondo el dinero, metió la mano; la manaza, mejor dicho. Y se lo gastó en fulanas y en alcohol, a partes iguales. Creo que las mismas fulanas se ocupaban de emborracharlo hasta que perdía el sentido, porque ninguna quería acostarse con él, solo desplumarlo. Oportunidad perdida, por otra parte, porque no se podían imaginar la herramienta que le había colocado el pervertido de Igor, con la intención, según me confesó, de que fuera muy popular. En cuanto a los libros, ni tocarlos, pero se las apañó para venderlos en la primera semana de clase por una suma desorbitada. Creo que extorsiona a los compañeros del colegio y, por la cara del maestro, a él también.

– Bueno, señor Frankenstein, convendrá conmigo en que esto es inusual.

– Claro, claro, me hago cargo. Por eso le pido que sea usted comprensivo y flexible. Tengo que inscribirlo para poder meterlo en un internado y que le den la beca. Si no me lo admiten, ya me apañaré. En ese caso, he pensado que intentaré colocarlo de aprendiz en un circo, a ver si allí averiguan si vale para algo. Ande, tenga usted compasión de un padre desesperado…

– Venga, vale, me ha conmovido. ¿Cómo quiere ponerle al neonato? ¿Víctor, como su padre? ¿Ludovico, que está muy de moda?

– Había pensado llamarle Jordi…

– Vale, está bien: Jordi Frankenstein, nacido en Ingolstadt en…

– ¡No, no, nada de Frankenstein, hombre! Gutiérrez, no vayan a relacionarlo conmigo cuando salga de este agujero, por Dios. Jordi Gutiérrez, haga el favor.

– Vale… ¿Nombre del padre, entonces?

– No sé… ¿Se puede poner Alambique?

– Vale… ¿Nombre de la madre?

– Electricidad, por ejemplo.

– Vale, suficiente. Firme aquí, y aquí. Le prepararé su certificado en un momento.

– Genial. Me ha quitado un peso de encima. Estoy en deuda.

– Pues me la pienso cobrar. Mañana, en mi casa, venga a cenar y le presento debidamente a mi hija.

– Bueno, no sé qué decir. Me siento abrumado, es usted muy generoso ofreciéndome a su hija para que la corteje…

– Gracias, sé que sabrá corresponder. Un médico tan hábil sabrá cómo lidiar con su joroba mejor que su propia familia, y seguro que averigua por qué se ha quedado calva, y podrá poner remedio a esos berridos que emite cuando quiere hablar. Y, como sé que es un caballero, obviamente no pondrá reparos por su estatura, metro treinta y cinco. Bien mirado, mide lo mismo en todas direcciones; no en vano, sus hermanos se divierten echándola a rodar por los pasillos. Es cruel, lo sé, pero hasta yo me río cuando la veo patalear y manotear intentando hacer pié en el suelo.

– Estoooo….

– No puede negarse, se lo advierto, o no le haré este favor.

– No… Sí, iré, por supuesto. Solo deje que me acompañe mi hijo, para que se conozcan. Son jóvenes, ellos se entenderán bien. Ande, diga que sí. Imagine que los casamos y se van a vivir por ahí a… qué se yo… ¿Groenlandia?

– Si la boda la paga el novio, trato hecho.

– Vale. Deme mi certificado.

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