1er relato concursante del III Concurso de microrrelatos -Noche de Difuntos 2017-

EL ENCARGO
J.C. Renfield

Sin aliento, Robert Wadlow corría por el páramo sombrío que hacía dos días le había llevado hasta casa Hemsley. Solo que ahora el camino de vuelta se antojaba interminable. Huía, pero no sabía muy bien de qué, pues el pánico le impidió observar con detalle aquello que había provocado su marcha forzada de la mansión, aunque lo intuía. Trataba de recomponer lo sucedido, pero le faltaba oxígeno para pensar con lucidez. Unas ramas en el suelo provocaron su caída y acabó golpeándose la cabeza contra una piedra y perdiendo el conocimiento. Inmóvil, la oscuridad invadió su consciencia.

Entreabrió los ojos y una luz blanca cegadora inundó su visión ¿dónde estaba ahora? Estaba tumbado en la cama de lo que parecía ser la habitación de un hospital. Trató de incorporarse, pero no pudo. Una melodiosa voz llegó desde el lado izquierdo.

– ¿Cómo se encuentra señor Wadlow? Por fin ha despertado. He venido a suministrarle el tratamiento pautado por el doctor – dijo una simpática enfermera que, casi sin darse cuenta, le había inyectado una solución de color amarillento y que sintió recorrer por su cuerpo a medida que se dispersaba por el torrente sanguíneo. Sintió unas irrefrenables ganas de vomitar que desaparecieron segundos después.

– ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta aquí?

– Está usted en el hospital, en buenas manos. Lleva durmiendo una semana. No se preocupe, el doctor viene ahora para verle. Aquí podrá descansar hasta que mejore. Disfrute entretanto del retiro. – Las palabras excesivamente amables de la sonriente muchacha retumbaron en su interior con algo de sarcasmo- Le trajeron bastante desorientado balbuceando palabras sin sentido que nadie alcanzó a entender.

– ¡Señor Wadlow! – Un grito grave llamó su atención. Apareció de pronto un señor algo mayor con barba y bigote blanco sobre un rostro delgado y anguloso – Soy el médico que está llevando su caso. Me alegra mucho verle casi recuperado. Quizás ahora pueda explicarnos algo de lo ocurrido.

Robert Wadlow trabajaba para la Universidad de Miskatonic. Le habían enviado hasta la mansión del matrimonio formado por Arthur y Victoria Hemsley para retomar los trabajos de William Carter, padre de ella e investigador especializado en religiones antiguas. Había desaparecido durante una expedición a Egipto cuando Victoria aún era una niña y había sido muchos años profesor en el mismo centro. En su despacho, cerrado a cal y canto desde su ausencia, estaba todo lo que Carter y sus antepasados habían recopilado durante años. La familia había decidido donar todo para que se continuara trabajando sobre esa temática. El trabajo de Wadlow consistía en una inspección previa para análisis y clasificación posterior del material.

– Es extraño, pero desde que puse mis pies en esa casa, sentía que alguien estaba observándome a medida que progresaba en el trabajo. Que me vigilaban. Al segundo día de estar allí esa sensación aumentó especialmente cuando encontré un cuaderno con rituales detallados de invocación y adoración a una especie de dios conocido como “El Faraón Negro”. Y es que se sabe que en algunas etnias antiguas era habitual rendir culto a deidades negativas porque pensaban que con ello afrontarían mejor las adversidades del destino. El desasosiego aumentó y la angustia se volvió insoportable. Esa misma noche una extraña presencia, oscura e inquietante comenzó a hablarme en una lengua desconocida, riéndose jactanciosamente. Sentí que había despertado algún tipo de energía latente y el miedo me hizo salir corriendo de la casa en la madrugada. Es lo último que recuerdo.

Se dibujó un extraño gesto de incredulidad en la cara del facultativo. – ¿”El Faraón Negro”? jamás escuché tal nombre.

– Algunas culturas lo conocen como El Caos Reptante o Nyarlathotep. El dios de muchas formas. – Empleó más de quince minutos en explicar resumidamente todo lo que sabía y lo que había podido averiguar en la biblioteca, hablando de ritos y mantras.

– Ahora el mejor tratamiento para usted es recuperar la normalidad. Es posible que todo haya sido fruto del estrés y la presión por concluir cuanto antes. Coja aire y retome sus investigaciones en la mansión. La comunidad educativa y nuestros descendientes se lo agradecerán – sentenció el doctor quitando importancia a la historia con media sonrisa.

– No me encuentro lo suficientemente bien como para hacerlo, ni siquiera estoy bien para salir de aquí – respondió abatido Wadlow.

– Mañana firmaremos su alta, se irá y continuará con el trabajo.

– Pero, doctor…

– Hágalo – apostilló el anciano ahora con seriedad. Ambos se miraron fijamente, el silencio se impuso y parecieron entenderse

La enfermera que se había quedado escuchando, y el doctor salieron de la habitación cerrando tras de sí y dejando un extraño olor en la estancia. Robert, tambaleando se levantó de la cama y caminó despacio hasta la puerta. Al agarrar el pomo, lo sintió impregnado de una sustancia pegajosa. Abrió violentamente y se encontró con el abismo más oscuro que había visto jamás y la cara de Nyarlathotep mirándolo fijamente con una sonrisa maligna que le heló la sangre. La risa jactanciosa se volvió a escuchar igual que la noche que había escapado de la mansión. El miedo y la locura volvieron a apoderarse de él.


 

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