El entierro de Eochalí (relato)

La fantasía de la libertad en uno de los mundos de fantasía de Sutter Cane (JLBelloq, Círculo del Ludófago)

El entierro de Eochalí

por Sutter Cane

“— Sabe, Oh, Príncipe de Evana, o cualquier otro lector, que este relato lo encontré escrito en un manuscrito antiguo, y que debe ser leído bajo la sombra de un árbol, o bajo el influjo de algún licor espirituoso que alimente sus sentidos con dulces perfumes que eleven su entendimiento, nunca en un momento de embrutecimiento adquirido por nuestras insulsas e incoloras vidas, tan desprovistas de color y de fragancia.”

 Mientras Ayulu cruzaba febrilmente la mullida pradera cubierta por un intenso verde en el mar de brotes nuevos y briznas frescas de la mañana, en el momento en el que el sol disuelve la bruma de la alborada dejando entrever el cielo azul, pensaba en lo que había dejado atrás, y la conversación con el viejo de la celda con el cual había sido hecho prisionero.

Tras la batalla por las tierras de Evana, ricas y fértiles praderas verdes y regadas por el rio Drila aun sin dueño, los coloridos ejércitos de Eochalí dieron cuenta de las embrutecidas huestes por quien Ayulu, arquero raso, combatía. La batalla fue rápida y limpia. Los ancianos estrategas de Eochalí poseían conocimientos en el arte de la guerra adquiridos durante cientos de años, y para cuando pudo darse cuenta, se vio en grilletes camino de alguna mazmorra. Aunque hubo bajas importantes en ambos bandos de la contienda.

Mientras  sus jóvenes piernas aun se batían agiles sorteando los últimos islotes de piedras que salpicaban la pradera, el aliento del soldado exhalaba bocanadas salvajes de fervor en su huida. Serpeaba ágil entre pequeños arroyos cristalinos que manaban de entre pequeños cúmulos de piedra, que como diamantes despedían reflejos y sutiles brillos del sol, mientras el fresco sonido de del agua fluyendo entre rocas cubiertas de mullido musgo acompañaba su curso. Sorteando un manto de campánulas y margaritas, saltaba entre los dientes de león con la agilidad de un felino, para llegar a los últimos remansos de campanillas y mimosas, lotos y amapolas, antes de internarse en la maleza del bosque de rabioso y denso follaje cuya frontera estaba próxima. Ayulu atravesaba las ultimas nubes de pululante vida y polen, insectos y mariposas que al trasluz podían apreciarse y entre los cuales pasaba corriendo como una gacela que huye de un incendio, y se acercaba al bosque, y entonces recordó cómo le sorprendió la mal llamada “mazmorra”, a la que supuestamente le llevaban, por el nivel de comodidad en el que se sintió envuelto. Efectivamente, aquello era una prisión, e inequívocamente se encontraba encerrado. No obstante, ya la propia orfebrería de los delgados pero firmes barrotes le llamó la atención. Una puerta de delicada forja con formas de trenzas entrelazadas y formas ornamentales con un aire a animales mitológicos estilizados cuyas colas,  cuellos y cabezas se entretejían entre sí. Observó que en cada “celda”, convivían dos cautivos, o por lo menos el tamaño de la misma era tan holgado como para vivir ampliamente como mínimo dos personas. Recordó nítidamente cómo fue el encuentro con su compañero de calabozo. Allí, en pleno bosque, entre el trino de los pájaros y las flores, entre algunos barrotes que se confundían con las enredaderas y hiedras, se encontraba su compañero de prisión, leyendo un pequeño y delicado libro de “Antigua Poesía de los Delthe”, tan pequeño que le cabía entre sus dos manos, con unas letras doradas en el lomo, filetes de oro en el canto de las hojas. Con una túnica un poco haraposa, pero limpia y aparentemente confortable y de buen corte, apoyado sobre unas rocas mullidas por el musgo, leía plácidamente el hombre. Tenía un rostro afable y una barba larga y canosa, entre cuyos pelos se escondían perdidas pequeñas flores silvestres. A su lado humeaba una taza de alguna infusión. Y allí, en aquel rincón del bosque, del tamaño de una casa, entre flores y enredaderas, barrotes delicados y dorados, lo dejaron.

Tras un rato callado, extasiado por el estupor y el miedo al incierto destino por encontrarse en aquella situación, pasaron varios minutos cuando fue el mismo anciano quien se acercó al joven amablemente y le habló.

— Buenos días…si es que me permites describirlos como “buenos”, porque para ti no son motivo hoy de alegría, se entiende.

El joven arquero calló, y tan solo respondió asintiendo con la cabeza.

No has de preocuparte en exceso, joven. Y aunque sé que mis palabras te producirán mucha extrañeza, en un corto plazo de tiempo me entenderás. Esta es una prisión del Reino de Thuaté. Muy pronto no querrás irte.

No entiendo, señor, cómo alguien que por lo que veo lleva incontables años aquí, puede albergar palabras tan amables para sus captores —replicó educadamente Ayulu.

— Pronto lo entenderás, joven. Mírame, ¿Acaso me ves deteriorado? ¿Te parece, acaso, que este lugar no es hermoso? Yo mismo he visto hogares más inconfortables. Observa, hablamos tranquilamente sobre un hermoso rincón, con libros, comida en la mesa, servida en bandeja de orfebrería de plata. Los enrejados son artísticos y delicados, el trino de los pájaros me despierta todas las mañanas.

Aunque Ayulu lo miró extrañado, no pudo sino pensar en lo que el anciano le dijo. Aquella noche no durmió por los miedos que amenazaban sus nervios, pero las noches posteriores poco a poco fue conciliando el sueño. Y sus despertares fueron cada vez más agradables. Todos los días, bajo el arco de arboleda que cubría los barrotes de la enrejada puerta, un joven les dejaba numerosos víveres brillantemente cocinados, con frutas y licores exquisitos. Poseían una enorme biblioteca en sus estancias, donde encontrar libros encomiables, “La puerta del trino de los pájaros”, “El poema de Devadra”, “Historia de Nuada”, “La venida de Thuatha”. “Canto de Cernunnos” y “El canto de Manannan” entre otros cientos de libros. Además, cualquier petición que hiciesen sería, en la medida de lo posible, satisfecha. Pluma, tinta y papel de escritura. Tintas y papeles para dibujo. Juegos de azar. Tenían a su disposición un armario con variadas y extrañas botellas de cristal tallado llenas de licores exquisitos de recónditos maestros de la destilación que filtraban la luz del sol al ser servidos, coloreándola en numerosas tonalidades: Vinos de Evala, Té de Lótalo, licores de tierras lejanas. Todos los días, los arboles y el jardín adyacente eran regados y algunas zonas de la celda limpiadas con agua perfumada de flores. Incluso disponía de un confortable paseo por el bosque acompañado por dos jóvenes guerreros lanceros, hasta los baños de aguas calientes.

Con el paso de los días, una lozana tarde, tras una partida de Ajedrez de Taizar, el mozo le confesó a su compañero de celda entre sorbo y sorbo de algún licor dulce y fresco, que era “un lugar extraño e hipnóticamente confortable”.

“No sólo se trata de que este lugar es confortable, es que no se puede escapar de aquí, por nunca jamás.”

Ante aquellas palabras el joven calló y reaccionó abstrayéndose en un orgullo interior, mirando fijamente al anciano que prosiguió en lo suyo. Y desde entonces no pudo el fuego de la juventud dejar conciliar el sueño fácilmente ante aquella impertinente sentencia. “No se puede escapar de aquí, por nunca jamás”, retumbaba de vez en cuando en su cabeza.

Pero el arquero doncel era, como la lozanía, impetuoso y rebelde. Y la idea de huir de allí aunque fuera por puro orgullo hurgaba en su cerebro constantemente noche y día, investigando las posibles debilidades de sus captores. Por muy confortable que fuera su presidio, por muy hipnóticos que fueran los días en aquel erudito y placentero encierro, no podía dejar de pensar en su escapada. Y tras un largo investigar, una cálida y estrellada noche, aprovechando la endeble y confiada vigilancia de la zona, escapó.

Y ahora, mientras corría y se acercaba a la entrada del bosque donde terminaba la pradera, no podía olvidar las palabras del anciano rebotando en su cabeza: “…no se puede escapar de aquí, nunca jamás”, pensamiento al cual respondían los ojos del efebo inflamándose de la enfervorizada y hermosa llama de la juventud, ¡esa energía irrefrenable de la naturaleza que riega de vida nuestro universo!

Absorto en sus pensamientos mientras huía rápidamente, se internó en el denso Bosque de Evana, aquél por el que en su día luchó y perdió. La foresta era tan densa que la luz se filtraba intermitente entre las copas de los árboles, cayendo en rayos y cascadas que se veían claramente en rectas diagonales a través de los claros, entre las partículas de polen, y una fértil bruma tan densa y llena de vida que hacía del fresco ambiente del bosque algo casi denso, diríase que podía tocarse el ambiente. Los troncos de los arboles nacían bebiendo agua de los arroyos y manantiales de aguas límpidas, retorciéndose sobre sí, en intrincadas formas que terminaban ramificándose cubiertas de musgo, muérdago, flores e innumerables especias aromáticas, terminando en sus ramas cubiertas de hojas que cerraban la copa del bosque. Miles de árboles de diversas formas y sombras sorteaban el camino serpenteante y húmedo.

Ayulu, después de una noche entera corriendo, se sintió a salvo por primera vez, y solo entonces tuvo la idea de descansar por unos instantes, ya que la sangre corría por sus inflamadas venas entre sus secos y extenuados músculos. Así pues, tras unos pasos en diminución de la velocidad, encontró un cruce de caminos donde el bosque clareaba un poco y el sendero se hacía más ancho, sorteó unas ramas y, tras tomar un largo trago de agua del río, se parapetó detrás de una enorme raíz retorcida y cubierta de líquenes, y allí descansó.

Sin embargo, no fue muy reconfortante para el arquero doncel. Al poco tiempo de tumbarse, algunos sonidos le arrastraron fuera de su sopor, poniéndolo en alerta. Sin hacer bruscos movimientos, se giró lentamente y asomó la vista tenuemente por entre las raíces para ver de dónde provenía un poético y musical lamento en lo profundo del bosque.

Pudo observar entonces que se acercaba una especie de cortejo enormemente confluido de gente. El joven entonces, viendo que no era recomendable salir corriendo, se aseguró que el lugar donde estaba era suficientemente cubierto como para no ser encontrado y que no se encontraba en la ruta confluida. Así que se quedó quieto y observó.

Enseguida pudo entrever que se trataba de un cortejo, un cortejo fúnebre. Era el cortejo fúnebre del entierro de Eochalí, que había muerto en la batalla días antes.

Viajaban en primer término dos filas de cuatro jóvenes guerreros, lanceros, con armaduras labradas en metales y minerales violetas con veteados de oro. Cascos con cornamentas y alas llenas de flores adornaban sus cabezas. Pisaban el mullido suelo con unas sandalias de hilos de oro. Dos de ellos portaban un instrumento de viento desconocido, de plata, con el que tocaban un sonido delicado e hipnótico. Detrás, otros cuatro jóvenes de tez blanca y bucles rubios y rizados, tan hermosos que al mismo Ayulu le despertaron interés. Portaban armaduras ligeras similares, en plata y oro, y llevaban cada uno unas enormes banderas con borlones y flecos con el estandarte y las runas de Eochalí. Todos los guerreros llevaban una cinta violeta de seda brillante que los unía por la cintura. Tras ellos una corte de hombres maduros, algunos de ellos ancianos, con barbas bien arregladas, llevaban encima libros gruesos y antiguos, con cerradura de llave; algunos simplemente los portaban, y otros caminaban con él abierto de par en par, leyendo sus versos, algunos en voz baja y otros en voz alta, al son de los músicos de primera línea. Detrás, caminaba noble y altivo un ciervo colosal, de una cornamenta tan ramificada como las ramas de un árbol de mil años de edad, mientras tiraba de un carro. El ciervo, de suaves líneas atigradas blancas y ocres claras caminaba con paso firme y la cabeza alta, con un mechón de barba en el mentón decorado con trenzas de cuero y seda, y cascabeles, con los cuernos al viento, ataviados con guirnaldas y flores, campanillas de oro blanco y plata.

El carro debía ser la combinación del trabajo de magníficos orfebres con excelsos carpinteros. En él yacía Eochalí. Tumbado sobre una cama de seda blanca brillante, enterrado en flores. Era tal la cantidad de flores, que iban cayéndose poco a poco por los lados del carro fúnebre, sembrando de pétalos el camino. Eochalí, que de por sí fue  blanco en vida, rozaba la palidez de la luna llena al caer en las garras de la muerte. Sus ondas en el pelo castaño claro estaban peinadas con hilos de oro y plata, flores y semillas, y le caían sobre los hombros y el pecho desnudo. La expresión de su cara era calmada, con los ojos cerrados, la nariz afilada y los labios finos y cortantes como el frío de la mañana. Las ruedas del carro estaban hechas de finos radios de orfebrería tallada con centros de madera de Ocab, y ornamentadas con filigranas y cenefas trenzadas y entrelazadas que terminaban en cabezas de serpiente fabulosas. Hilos brillantes se incrustaban delicadamente por todo el conjunto, fundiéndose con las flores. El cortejo posterior era una corte mezclada de hermosos y hermosas muchachas jóvenes, seguramente nobles o familiares. Cada uno de ellos vestía de forma sencilla pero bella, en túnicas delicadas, con finas tiaras de metales preciosos. Iban unos abrazados a otros en silencio, con unos rostros tristes y bellos al mismo tiempo. Tras ellos, una corte de músicos de instrumentales extraños y maravillosos marcaban el aire con sonidos tan hermosos que hacían llorar. Iban vestidos como guerreros, con penachos violeta y rojo, falda de oro y plata y en las piernas un trenzado de cuero que terminaba en sandalias bellamente decoradas y frágiles. Todos llevaban un sombrero de pieles y plumas rojas y violetas, con volutas al viento y tiras de seda de más de dos metros volando al aire.

Para este momento, Ayulu ya sentía pena por Eochalí, por la música tan tremenda y hermosa que lo había atrapado suavemente, y las lágrimas atravesaban sus mejillas, presa de un pesar que lo hundía, y atrapado por la belleza.

Tras los músicos, un enjambre de niños correteaban serios pero con brío, ataviados ligeramente con sandalias con dos plumas blancas a cada lado y un traje liviano con falda y trenzas de seda, portando alimentos y bebidas frescas de néctar para reconfortar a todo el cortejo.

Detrás, el joven escondido notaba como la tierra temblaba trémula con el tremor de los pasos de una corte de animales y bestias ataviados de gala y de guerra. Jabalíes enormes embuchados en una armadura de oro grueso, avanzaban hozando el terreno y soltando bufidos por sus narices levantando polvo del suelo. Y tras ellos, un descomunal animal cuyo linaje desconocía, grande y pesado, con un cuerno colmado de orfebrería exquisita, y una armadura completa de hierro, con veteados de hilos de oro en formas de espirales y runas antiguas, serpientes místicas y bajorrelieves de plata y cobre que  decoraban sus costados. Sobre él y portando un estandarte, un guerrero largo y grande engalanado con una colosal armadura de oro tan reluciente que costaba mirar debido al deslumbramiento que producía al reflejar el sol. Su ornamento en el casco y hombreras era exquisito y profusamente decorado con miles de figuras y toda la historia de Nuada tallada y labrada por capítulos. Llevaba colgada una espada colmada de tallas finas desde la empuñadura hasta el filo.

Siguiendo a la enorme bestia, una corte de hermosos caballos caminaba detrás a paso firme. Los caballos más finos y esbeltos que había visto jamás, sin duda alguna. Con las cabelleras decoradas y peinadas con hilos de múltiples colores y materiales. Sus pieles y siluetas brillaban suaves como la seda reflejando la luz del sol. Los había blancos, negros, marrones, ocres, ocres dorados, y todos con las hechuras dignas de un linaje de caballos nobles y fuertes, esbeltos y veloces como el viento que silba en invierno trayendo el frío.

Para entonces, Ayulu no sólo lloraba desconsoladamente por la muerte de tal príncipe, sino que sus ojos brillaban maravillados, absortos en la delicada belleza y poesía en forma de corte que desfilaba ante sus ojos y que nadie había visto jamás.

Aunque no era nada para lo que vería a continuación.

Unos metros más atrás, un séquito de mujeres jóvenes seguía el cortejo, con rostros tristes y alicaídos. Pero no eran mujeres normales. Eran las mujeres más hermosas que jamás había visto bajo el cielo azul. Todas ellas eran esbeltas y cubiertas con sedas y tules delicados y medio transparentes, que dejaban entrever todo su cuerpo, su piel, caderas, senos, sus piernas y su delicado sexo. Algunas con piel de tonos oscuros o canelas, otras blancas y suaves como el nácar. Iban con un rostro triste y alicaído, y en su cuerpo se notaba sensibilidad. Ayulu sintió algo extraño entre tanta belleza: la desconsolada expresión delicada y enfermiza de tristeza desvalida, con el contorno de los ojos de color rosáceo por el llanto, o el desánimo, le resultaba arrebatadoramente erótico. Algunas de ellas tan sólo caminaban solitarias. Otras, en pareja, cogidas de la mano o abrazadas entre sí mientras se apoyaban en su tristeza. Otras, lanzaban al aire pétalos de flores, y podía entreverse el tembloroso contoneo de sus senos entre el tul transparente. Ayulu sintió cómo su cuerpo pasaba del desconsuelo a la más enorme excitación y notó cómo su propio miembro crecía, presa del deseo.

Sin dejar de observarlas, absorto en aquella celestial corte de mujeres semidesnudas, de repente se dio cuenta de que había descuidado su escondite, y una de ellas se percató de su presencia y clavó sus ojos en él. Lejos de asustarse ninguno de los dos, ni Ayulu salió corriendo, ni la joven salió espantada. Ambos siguieron mirándose fijamente en la distancia. Poco después, la muchacha se retrasó del cortejo veladamente y se desvió, acercándose al cubil de raíces donde permanecía escondido el antes prisionero. Era tan hermosa en su languidez que el joven estaba petrificado por la excitación. Una tez clara y suave como la brisa del verano, los ojos color miel y los labios sonrosados y una melena larguísima y suave que caía sobre su espalda, coronaban un delicado cuerpo que caminaba contoneándose suave mientras sorteaba las raíces para llegar hasta él. Mientras caminaba y eludía los obstáculos, él podía ver su sexo delicado y suave entre la envoltura de la cara interior de sus muslos desnudos y voluptuosos. Casi sin darse cuenta, la joven había llegado a su lado, entró en el recoveco que formaban las raíces y se sentó encima del arquero, que al notar sus senos contra su cuerpo, el olor y el sabor de la piel de su pecho y el sexo contra su miembro, cayó presa de la más tremenda excitación que había sufrido jamás. La besó intensamente mientras se quitaba las ropas apresuradamente, y por fin, la penetró. Tras unos acompasados y tensos movimientos ambos se fundieron en un placer que terminó rápidamente en un convulso relámpago húmedo, y quedaron tumbados desnudos y jadeantes en el mullido musgo del suelo del bosque. Y allí, Ayulu cayó en un sueño profundo alimentado por el cansancio y el placer.

El despertar fue hermosamente terrible.

 Al abrir los ojos, el efebo se encontraba de nuevo en la celda. En su cómoda, fragante, hermosa y terrible celda. Mientras despertaba suavemente, algunas luces del sol penetraban la floresta espesa de las copas de los árboles creando un mosaico suave de luz en sus mejillas, y el tintineo de una copa de cristal se oía cerca. Al fondo, el anciano, que bebía algo humeante mientras leía relajado, con su barba salpicada de algunas pequeñas flores silvestres, dejó de leer el libro y lo miró fijamente.

“Te lo dije, te avisé que no escaparías. Nadie puede escapar de aquí, por nunca jamás.”♣

Bookmark : permalink.

2 reacciones a El entierro de Eochalí (relato)

  1. Uruk Valandil dice:

    Paranoia muy bien escrita pero que me ha descolocado totalmente al final … no esperaba ese desenlace.

  2. sim dice:

    nossa
    que medo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.